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Domingo, 9 de septiembre de 2018, Cultural El Duende
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Un extraño concepto de la fe

•  De "El mundo de Los Deshabitados", estudio de la novela de Marcelo Quiroga Santa Cruz por la escritora, crítica y novelista Giancarla Zabalaga de Quiroga (Italia, 1940)


Marcelo Quiroga Santa Cruz
En "El mundo de los deshabitados" de Marcelo Quiroga Santa Cruz, el Padre Justiniano es, como anota Durcot, un personaje desconcertante. Manifiesta algunas ideas que no corresponden a la imagen que nos haríamos de un sacerdote teológicamente formado. Llama la atención, en especial, su concepción teológica y su concepto de la fe. Ambos registran rasgos insólitos, como por ejemplo, una idea que persigue al sacerdote desde su juventud y de la que hace partícipe a Durcot. Es una idea que él califica de "soplada por el diablo" y se refiere a los ángeles ante los que ha reaccionado siempre con indiferencia, hasta que descubre que su actitud se debía a que "no tienen sexo". La asexualidad de estos seres divinos lo desorienta. "Uno piensa que si esta indefinición sexual en los ángeles, los hace... neutros a nuestro afecto". Justiniano explica que se corporaliza a la divinidad para hacerla objeto de amor humano y a la vez se interroga: ¿Es que el hombre, digo yo, ha necesitado representárselos así para amarlos más profundamente; o simplemente, que si fueran de otro modo, no los amarían en absoluto? Porque es difícil amar lo que no se comprende...

Esta afirmación denota una fe vacilante que exige demostraciones sensibles para sostenerse, que no se abre fácilmente al misterio y con él a la aceptación de una cantidad de cosas inverosímiles.

Justiniano reclama una representación humana de la divinidad para -a través de la semejanza- lograr amarla aunque, en algún aso, aquella lo defrauda, lo atemoriza. Confiesa a Durcot:

¿Se figura usted que yo me detenía extasiado a mirar la imagen de Cristo? Pues no. Le aseguro que nada me inspiraba tanto temor como esa mirada azul y fría, en la que no podía encontrar el menor signo de humanidad. Cada una de sus pupilas me parecía el platillo de una balanza, donde me estaba pesando constantemente (...) "Un monstruo" (...) Un gnomo, un centauro, me habrían parecido más reales.

Al describir a Cristo, tenemos la impresión que esté viendo a Dios, un Dios juez. Es una definición insólita para un sacerdote, parece encubrir una aversión por la justicia divina; a ésta sigue otra inusual y extraordinaria, que suena como una apología del Mal: Con el demonio, en cambio, solía hacer mejores migas. Nos comprendíamos mejor. Mi naturaleza, hecha de pecado, era la suya. Me inspiraba piedad y hasta un sentimiento de afectuosa comprensión.

Justiniano quiere desmitificar el demonio, no siente aversión por él, sino compasión; el diablo es un ángel caído a la humanidad, lo comprende yeso puede significar una solidaridad con el Pecador, parece sentirse más próximo a su figura que a la de Dios. Sin embargo, tampoco se siente muy alejado de Dios, porque dice a Durcot: Pero otro día le contaré cómo trabé amistad con ese personaje que a mí y a usted nos atormentó tanto. Y si usted quiere, se lo presentaré. Se sorprenderá de no haberlo reconocido antes.

Esta afirmación confirma que al hablar de Cristo, se está refiriendo a Dios, dado que es la figura de Dios la que inspira temor a Durcot. Cuando ofrece presentárselo, supone intimidad y tenemos la impresión que el Dios al que alude Justiniano, no lo busca como tal, pero lo encuentra, lo reconoce en el hombre.

Debemos subrayar el aspecto contradictorio de la personalidad del sacerdote. A solas, en su autoanálisis, se cuestiona sobre su vocación, acusa dudas, reconoce su tibieza, en cambio cuando habla con Durcot parece hallarse firme en su posición, busca argumentos para persuadirlo, pero sus palabras suenan como si quisiese convencerse a sí mismo.

Cuando Durcot sostiene que la fe encubre la debilidad humana y ésta es la que hace aferrarse a Dios, el sacerdote afirma que Dios nos ha hecho débiles "para que no podamos prescindir de su ayuda (...) Y eso no es crueldad, sino amor. Amor egoísta, es cierto, pero amor".

Esta es una concepción absurda del amor divino. El verdadero amor, incluyendo el humano, es una lucha por la superación del egoísmo y el amor divino, gratuito en sí, el ágape, no puede contener el rasgo humano del egoísmo; ese sentimiento no es amor, ni es imputable a Dios. Justiniano quiere humanizar a Dios, pero lo vuelve demasiado humano, debilita su figura. Pregunta a Durcot: "¿Usted nunca ha sentido la tentación de crear una necesidad para la que usted mismo pueda ser después la satisfacción? ¿No? Yo sí". Para corroborar su afirmación trae a colación un recuerdo infantil: Soñaba que mi madre se volvía ciega y que desde entonces yo era su lazarillo. Me decía que yo no buscaba su ceguera sino como el medio de consagrarle mi vida, que, de otro modo, no la habría necesitado.

Quiere demostrar con ese ejemplo, que Dios construiría la debilidad del hombre con el fin de que éste se halle obligado de acudir a él. Pero este recuerdo parece encubrir algo relacionado con el pasado de Justiniano. Se podría deducir que él amaba a la figura materna, dura, distante, que tal vez no llenaba sus requerimientos afectivos y el deseo de imaginarla desvalida, no autosuficiente, lo constituiría a él necesario, indispensable, podría dar pruebas de su dedicación y obtener gratificaciones.

También puede sugerir que de no haber sido ella fuerte, impositiva, él hubiese podido elegir su propia vida, siendo ella débil y él fuerte, se hubiese entregado a ella, y no al sacerdocio. Al argumento de atribuir a Dios un amor egoísta añade otro, cuando señala las huellas de las rodillas de los fieles que han gastado la alfombra de la iglesia; ve en esa manifestación de la fe colectiva, una prueba objetiva con la que intenta vencer el escepticismo de Durcot: Si el hombre ya ha dado suficientes muestras de que necesita creer, entonces existe eso que cree. Porque necesita, nada más. Y esto ya es bastante. ¿Para qué pensar si realmente existe, independientemente de la necesidad espiritual del hombre?

Esta afirmación simplista, le parece definitiva; equivaldría a afirmar: necesito creer, luego existe lo que necesito creer. Justiniano considera haber dado con la prueba irrefutable de la existencia de Dios y en su intento por persuadir a Durcot, olvida que la fe rechaza todo silogismo, todo argumento racional, porque, como afirma Kierkegaard, "la fe empieza donde termina la razón".



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