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Domingo, 21 de diciembre de 2014, Cultural El Duende
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Todos los cominos conducen aroma


Los brócoli en la vida

de Óscar Wilde



James Joyce, el célebre escritor irlandés, dio cierta vez una conferencia que titulaba: "Irlanda, tierra de santos y de sabios". El público italiano acudió, muy divertido, pues no conocía a los irlandeses precisamente por esos dos atributos, pero Joyce explicó de modo inobjetable por qué esa tierra de los sabios y viejos druidas, que fue refugio de santos en la más remota Edad Media, se había venido a menos por la cruel dominación del imperio inglés, que mantuvo a la verde colonia irlandesa al borde de la hambruna. Por eso Tristam Shandy decía que los niños de esa tierra maravillosa maman hasta los cuatro años y esa dulce costumbre les implanta en el estómago un forro interior que les permite beber apocalípticas cantidades de cerveza y whisky –irlandés, no escocés–, sin que les haga efectos ostensibles, cerveza y whisky sobre papas, leche y castañas, sus alimentos principales, a tal punto que fríen aun la carne en mantequilla y no en aceite o manteca.

El resultado es una raza festiva y alegre, que parece haber dorado su viejo linaje celta en un horno latinoamericano, presto al más colorido buen humor y a la apariencia más notoria y a ratos espectacular. Tal fue el caso de Óscar Filgan O’Flahertie Wilde, príncipe de las letras inglesas del siglo XIX y autor de cierta frase que es lema universal de la militancia de la buena vida: "El trabajo es la maldición de la clase bebedora". Wilde fue el mejor alumno de todo su siglo, fino poeta, novelista y autor de teatro y, last but not least, gran billarista. "Un dandy culto y snob que amaba la buena vida y los places riesgosos", según la bella definición de nuestro maestro, Abel González.

Como buen dandy y snob –le decía El Hombre del Claver Verde–, tenía costumbres sexuales, por decirlo así, heterodoxas. Mientras los caballeros ingleses fumaban magníficos puros, él prefería las femeninas cigarettes –los actuales cigarrillos– que tuvieron que esperar a Humphrey Bogart para convertirse en tabaco para hombres. Así se dice que enamoró al hijo de Lord Queensberry –legislador de las reglas del box moderno– y pagó muy caro su gustito, pues la justicia inglesa se vengó de las agudas críticas de Wilde contra la hipócrita moral victoriana que escondía la crueldad británica en las colonias, y lo condenó a trabajos forzados. Más tarde dijo Wilde que nada le dolió más que la obligación de bañarse en la misma agua sucia y maloliente donde lo precedía un centenar de presidiarios (puaj), crueldad inglesa que nada tiene que envidiar a la más refinada tortura china.

Una vez en libertad, emigró a París, vivió cerca del viejo mercado de Les Halles y allí pudo experimentar el arte de la buena cocina. "Como buen irlandés regresó a las papas del pirata Releigh, a la leche, a las castañas, a las nueces y a las tortas de miel"… "Unía los ingredientes más dispares con la sabiduría de un sacerdote druida y su alquimia coquinaria no conocía límites", dice González, a quien le debemos el rescate de la receta que sigue:

Brócoli a la Óscar Wilde

Remojar 8 horas 200 gramos de castañas secas y cocinarlas hasta llenarlas de ternura. Cortar 2 puerros en rodajas finas y saltearlas en sartén con ramitas de apio. Dar un hervor al brócoli. Preparar salsa blanca bien espesa, condimentada con nuez moscada, pimienta y una gota de vainilla. Mezclarla con las castañas, el puerro y el apio y verter un poco en una fuente. Echar los brócoli y cubrirlos con el resto de la salsa, perejil picado y queso gruyere rallado. Gratinar al horno y servir con cerveza negra dublinesa… o un buen champagne.

Los poetas gordos



Cuenta Neruda que en 1938 vivía en París junto al poeta español Rafael Alberti, y que al pasear a orillas del Sena, solían comparar sus perfiles con los tomos de libros viejos que venden los "bouquinistes" parisienses. Entonces Rafael comentaba: "Ya estoy pasando al quinto tomo de Los Miserables"; y Neruda le respondía. "No he aumentado. Alcanzo solo a Notre-Dame de París". Para Rafael Alberti, su época fue la de los poetas gordos y rotundos, como él y Paul Eluard. "El tiempo de los pálidos y delgados portaliras fue el siglo XIX con la lira desnutrida que suspiraba en forma sublime", comentaría después Neruda.

Quiso el destino que el Neruda de rostro afilado que paseaba por París el 38 se convirtiera en esa amable foca de hablar untuoso y cachucha de pelícano, que cosechó en su madurez la gloria sembrada cuando era un pálido y delgado portalira. Grata iniciativa tuvieron entonces los poetas húngaros, al convocar a Neruda y a Miguel Ángel Asturias a un tour gastronómico por Budapest, cuando ambos eran ya dos rotundas carabelas cruzando el Danubio que separa los dos grandes barrios de esa hermosa capital: Buda y Pest. De ese viaje prodigioso entre páprikas y vinos misteriosos resultó un libro que tiene la cualidad de haber sido escrito con el ph alcalino, sin gota de acíbar ni de pensamiento crítico contra nadie. Libro fiel al buen humor y el estilo de vida de dos Premios Nobel de Literatura, "Comiendo en Hungría" es una joya editorial que guardo con especial cariño, porque apenas tengo una fotocopia que, en realidad, no me regaló, sino me vendió mi invariable amigo Tavo Giacoman, no en vano descendiente de Noé por su abuelo armenio y poseedor de una copiosa información genética y cultural que combina la astucia fenicia con la voluptuosidad árabe y el espíritu democrático y popular de todo buen cholo boliviano.

Pues bien: en casi un mes de cálidas batallas, ambos poetas agotaron no solo las reservas de Tokay, un vino tan viejo que ya lo saboreaba el Conde Drácula, sino la variedad húngara de sopas de pescado y de guisos picantes, a los cuales ya eran afectos en sus respectivas patrias.

El libro merece muchas reseñas que escribiremos oportunamente; pero quisiera rescatar nada más una impresión: la honda relación carnal que hay entre el buen comer y la poesía, menos sombría pero tan intensa como ese matrimonio oscuro entre la noche, la bohemia y el poeta suicida. Neruda pasó hambres, persecuciones, huidas, exilios; soportó estoicamente un cáncer terminal y murió de pena y estupor por el cruento golpe de estado de Pinochet. Sin embargo, a juzgar por sus confesiones y por el testimonio de sus amigos, fue un poeta solar cuya órbita giraba en la Constelación de la Buena Mesa. Quizá por eso, cuando sus restos fueron trasladados al peñón de Isla Negra donde solía escribir de cara al mar, la mayor parte de sus deudos eran los vendedores y cocineras del mercado vecino, con quienes regateaba amistosamente el precio de los mariscos y compartía un caldillo de congrio, su plato preferido. De él dejo una receta en verso, que no nos resistimos a publicarla.





Ramón Rocha Monroy. Cochabamba, 1950. Escritor,

gastrósofo y periodista.



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