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Domingo, 11 de julio de 2010
LA PATRIA, Revista Dominical
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A propósito del libro "Cuentos violentos", de Víctor Montoya

Se rompe el silencio

•  La lucha del hombre contra el poder, es la lucha de la memoria contra el olvido

Por: Milan Kundera


Portada del libro de Víctor Montoya
La palabra arte, por lo general, se asocia con belleza, forma, color, naturaleza, amor, bondad o sutileza, términos todos positivos. Sin embargo, lo opuesto también suele ser parte del arte de la literatura, del arte de la expresión comunicativa y, muchas veces, se inspira en la problemática social y humana. La escritura donde reina la angustia y el dolor, lo grotesco y oscuro del espíritu de verdugos, la maldad y crueldad que destruyen y humillan la esencia del hombre, se hace también presente como una forma de arte. Este tipo de literatura se convierte en el espejo que refleja la vida y la realidad social de un pueblo. Es un testimonio de denuncia donde la palabra es el dedo que acusa a torturadores y genocidas, quienes, sin reparo alguno, acallan a cuanta voz de protesta se cruza en su camino, y asesinan impunemente a ciudadanos por tener ideologías diferentes.

Durante la dictadura militar del general Hugo Banzer Suárez (1971-1978), muchos fueron capturados, torturados, desaparecidos, asesinados y exiliados. El año 1976 fue testigo de la tortura física de Víctor Montoya, y esta narrativa autentifica la existencia de un sistema de represión organizado, donde la violación a los Derechos Humanos y la Impunidad existieron como una realidad socio-histórica de la época. El escritor, al presentar esta colección de cuentos, cumple con su deber moral de confesar lo vivido en carne propia, y, a su vez, existe un compromiso con el lector confidente al mostrarle su verdad. Se rompe el silencio y la memoria pinta a la tortura en todas sus formas, a manera de una acuarela de colores y situaciones de sangre, y emerge como el eco de la angustia colectiva, acaparando ideales y destruyendo espíritus. La palabra del autor es la voz multiplicada contra un gobierno que utilizó técnicas de tortura para mantenerse en el poder.

Montoya es un escritor comprometido consigo mismo y con su pueblo. Es un artista del lenguaje y un profesional de la palabra escrita. Como narrador fiel y honesto a su memoria y a sus experiencias de vida, va a otorgar al lector, de una manera generosa y responsable, estos cuentos para promover un acercamiento con la otra cara de la historia. Su trabajo logra tocar la conciencia colectiva de todos aquellos que no supieron llegar a descubrir el velo de la verdad por haber estado expuestos a una sola cara de la historia: la oficial, la dominante, la del poder hegemónico y la censura silenciadora.

El estilo del autor se caracteriza por el manejo de un lenguaje descriptivo, visual y directo, con personajes reales-ficticios, donde la constante de la violencia física es el elemento común y repetitivo en torno al cual giran los demás sucesos. Existe una especie de encadenamiento de eventos sucesivos que se asocian y complementan entre sí para dar lugar a la denuncia, la misma que se asienta en la mente del lector a través de la descripción de imágenes visuales y lingüísticamente tangibles. Es como si cada palabra ya viniese cargada en su interior de un film fotográfico de forma, color y tamaño, grabados dentro de un espacio y tiempo definidos. Cada descripción y cada detalle definen una denuncia, como si las huellas digitales del autor se plasmaran dentro de su memoria, impregnando sus recuerdos y apoderándose de su voz, para así transferir lo oral mental a lo escrito visual, a manera de una confesión individual-colectiva.

Por medio de la escritura, Montoya busca, consciente o inconscientemente, la terapia que lo limpie, lo restablezca, lo acerque e identifique con su yo interior-anterior, original y previo a la tortura, y que, como es natural, le permita reintegrarse a su propia historia personal y al encuentro consigo mismo. Además, esta narrativa cumple la función de resistir y desafiar al discurso oficial represivo. Al ser la misma una literatura del exilio, el referente central de las historias está inevitablemente vinculado a la represión, centrado en un universo donde las diferentes caras de la tortura, alejadas del lugar de los hechos, viven en los recuerdos alimentándose de una memoria fragmentada que exige cohesión, y se impacienta por hacerse escuchar. Es una escritura que respira y sale a flote con el oxígeno que le faltó cuando sucedían los hechos. Su voz ya no sufre amenazas de silencio, de censura ni de muerte, por ello es genuina y libre. Su importancia dentro del marco socio-histórico es inmensa porque representa el dolor humano bajo la mano y los dominios del dictador, que la historia oficial se empeñó en ocultar. Con esta información, el lector se concientiza y se solidariza, lo que le permite hacer un mejor juicio crítico y comparativo de la historia no sólo de Bolivia, sino de otros países del Cono Sur bajo situaciones análogas. La posición del lector es la de oidor, confidente y psicoterapeuta, porque lee lo escrito, como quien escucha lo hablado, recibe las angustias y observa las fotografías que el lenguaje describe.

El tablero de la muerte inicia, de manera alegórica, la relación opresor-oprimido por medio del juego y el jaque-mate desde sus orígenes. Incorpora un fondo de contenido histórico que refleja violencia, muerte, traición, abuso y violación. Montoya logra manejar hechos históricos y creativos mostrando al Inca Atahuallpa, a quien le otorga voz propia. El autor funciona como un mediador entre la historia y la existencia de un Atahuallpa presente, pero al mismo tiempo invisible por no existir el testimonio en primera persona.

La letra con sangre entra es una historia real, donde el talento estilístico del autor logra metaforizar la imagen de la Madre en una tríada simbólica de dictadura: la Madre biológica, a quien se ama y obedece; la segunda Madre, profesora que disciplina con violencia, control y poder; y una tercera Madre, quien tiene el poder total de acción sobre todo individuo. Las dos primeras Madres convergen hacia una figura permanente y segura de una tercera Madre, la Madre Patria, donde las tres representan, casi asociadas, una forma unitaria de autoritarismo, poder y violencia. Es una crítica simbólica al sistema represivo dictatorial de la época.

El encapuchado es una pequeña muestra de la dinámica de acción del sistema interno de interrogatorio, que se practicaba con los presos políticos dentro de los recintos de detención. Exhibe la relación torturador-torturado, donde la capucha cumple las funciones de asegurar un mundo oscuro de incógnita y protección de la identidad de los torturadores, sinécdoque del silencio colectivo y de la oscuridad de todas las dictaduras del Cono Sur de la misma época.

En La muerte de Carmelo se refleja el compromiso con lo opuesto a la vida, donde un simple objeto, el revólver, tiene el poder absoluto de definir vidas y muertes, pasados, presentes y futuros, vidas completas silenciando respiraciones en menos de un minuto. El autor combina lo referencial con lo simbólico al referirse a la dramática captura del Inti Peredo, que sucedió después de la derrotada guerrilla en Ñancahuazú.

El programa es un cuento corto que funciona a manera de introducción al tema minero del siguiente cuento. Se expone y se critica la falta de un enfoque concreto y la carencia de un verdadero plan de acción bien coordinado, efectivo y sólido, que diera resultados.

Masacre minera expone la tragedia en la noche de San Juan, un hecho histórico acaecido en la madrugada del 24 de junio de 1967. El gobierno mandó a su gente armada y arrasó, de manera masiva, con los trabajadores mineros, quienes lo único que hacían era reclamar mejores condiciones de vida. Los recuerdos del autor se remontan y se apoyan en la memoria de cuando tenía nueve años de edad, cimientos de sus experiencias en el distrito minero de Siglo XX. El autor fue testigo ocular del genocidio en el que la muerte, por masacres, estaba adherida a la vida como un huracán incontenible.

Es importante establecer que, con esta colección de cuentos, Montoya demuestra que la historia es cíclica, y que se han venido repitiendo los mismos hechos a través de los años, esta vez en 1967, durante el gobierno militar de René Barrientos Ortuño. Es a partir de entonces que se intensifican más los problemas sociales en Bolivia, coincidiendo con la captura y muerte del guerrillero Ernesto Che Guevara.

En Confesiones de un fugitivo demuestra su capacidad creativa y literaria, al presentar una historia basada en situaciones que llegaron a su conocimiento por medio de otras víctimas de la tortura. El escritor las incorpora para narrarlas en primera persona y para establecer una coyuntura unificadora que refleje coherencia lógica dentro de su historia y su significado. Sobre la base de esta información, el escritor conecta tres partes, pidiendo permiso al lector en la segunda, para describir los métodos de tortura. Es una alegoría al deseo vehemente de muerte del dictador y a la fuga tan idealizada y esperada --ambos deseos llevados a la ficción--. Este relato habla por los sucesos paralelos en los países hermanos de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil, y tiene un desenlace feliz.

Frente al pelotón de fusilamiento es una crítica a la imposición del Estado de Sitio, decreto utilizado como excusa para asesinar a sangre fría. Se observa el monopolio único de la violencia y la naturaleza globalizada de la muerte, como medios de represión y silenciamiento practicados en las diferentes esferas del país.

Me podrán matar, pero no morir se centraliza en la tortura salvaje, humano-animalizada, llevando las descripciones más allá de la imaginación del lector. Rituales de martirio se repiten en escenas donde la figura de la mujer llega a un nivel de humillación y desprecio muy bajos al ser violada por varios hombres y un perro. La figura del mejor amigo del hombre se desvirtúa al asociarse y formar un paralelo con la figura animal del hombre, enemigo, asesino. Los términos perro y hombre se convierten en sinónimos de bestialidad amaestrada, el perro por su amo, y el hombre por sus superiores en función de autoridad y poder, cumpliendo órdenes para practicar la tortura y el horror. Por otro lado, este cuento representa también el apego al ideal, al deseo de no perder la identidad personal, aunque el cuerpo pueda morir. Es el triunfo de la esencia espiritual y de la fortaleza ideológica sobre la destrucción material del cuerpo. El tiempo está presente como un factor existencial que abraza recuerdos, revive la memoria y enlaza sucesos.

Días y noches de angustia es la narración más extensa de esta selección. Se adjudicó el Premio Nacional de Cuento, otorgado por la Universidad Técnica de Oruro (UTO), en 1984. Es la historia dramática del minero boliviano en todas sus facetas y su relación con la muerte como compañera inevitable. La muerte ensombrece constantemente la vida del minero: masacres a domicilio, muerte compañera cotidiana por accidentes y muerte por la inevitable silicosis. Una vez más se presenta una atmósfera de asesinatos masivos, de sangre, ametralladoras y terror como destino ineludible. En medio de una memoria viva que arrastra recuerdos sangrientos y de violencia, la monstruosa tortura y el genocidio impune se levantan airosos como respuestas directas al hambre del minero. Al igual que en el cuento anterior, aquí también se ve el valor intrínseco, real y genuino, del ideal del hombre sobre la propia vida, como se observa en la respuesta de Pablo a la pregunta del torturador:

–¿Y tú, Pablito, cuándo vas a escarmentar?

–¿Qué puedo hacer a estas alturas, capitán? Estoy aferrado a mis ideales y no le temo a la muerte, si acaso ésta es la mejor respuesta a mi lucha –dijo. (84).

Estas palabras presentan la retórica de la muerte como una forma de libertad y, asimismo, como el final de la esclavitud. Es como si el minero se uniera –paradójicamente-- a la vida con la muerte para cumplir con su ideal. Pierde la paciencia con su vida infrahumana y de extremada pobreza, hasta que su ideología, consecuente y firme, se convierte en una ideología de vida libre y/o de muerte, como otra forma de liberación, ambas posibilidades tan válidas y reales. Es una reconciliación del compromiso del minero con la muerte, donde el riesgo de ser asesinado es tan poderoso como la vida misma.

La literatura de Montoya induce a pensar en la necesidad de un compromiso social que luche directamente, enfrentándose a un sistema opresor que practica la violencia salvaje para mantenerse en vigencia. La importancia de esta narrativa se centra en la conciencia del hombre, quien llega a conocer, de cerca y con detenimiento, el despliegue de la represión y la impunidad. El lector comprende que, si la muerte por hambre y genocidios es la suerte del minero, del fabril, del estudiante universitario y del boliviano explotado en general, el riesgo a morir es casi un deber y el camino real para liberarse de una esclavitud moderna y estática. El lector no sólo se informa, sino que se convierte en un testigo mejor capacitado para unirse al reto y desafío a la historia oficial, puesto que el conocimiento es también una forma de poder y fuerza.

Finalmente, para comprender la verdadera importancia y el gran aporte del trabajo de Víctor Montoya dentro de la historia boliviana, conviene revisar la temática de la violación a los derechos del individuo y recordar el contenido de la Constitución Política del Estado, en cuya sección de Derechos y Deberes fundamentales de la persona -artículos 6 (I, y II), 7 (a, b, h) y en la sección Garantías de la persona, en los artículos 9 (II), 12, 13,16 (I y II), 21, 34 y 35- se encuentran muy claramente, entre otros, la libertad de expresión, la prohibición de torturas, coacciones, exacciones y otras formas de violencia física o moral contra el ciudadano. Por esta razón, resulta una verdadera suerte el tener en nuestras manos este trabajo, como una prueba fehaciente del incumplimiento de estos principios, de la impunidad e inmunidad con que se practicaban acciones de lesa humanidad. El leer y entender su verdadero significado es un acto de fe por parte del lector.

Al romper el silencio, el contenido de esta colección de cuentos representa casi la auto-terapia del autor, ya que todas las secuelas que le dejó la tortura, salen como una confesión directa, con un ritmo de desahogo y de alivio hacia un lector consciente, paciente y oidor de una realidad sombría. Al quebrarse el sello silenciador, el autor cumple con el deber de presentar una literatura que no miente y, lo que es aún más importante, otorga al lector una historia de vida que tiene la satisfacción personal de establecer una relación sana y positiva consigo mismo.

El solo acto de escribir llena el vacío que produce una realidad histórica pasada, de la cual nunca se hizo verdadera justicia. Es una forma de existencia, una forma de vida, una especie de desquite con la historia, para que, de este modo, se pueda cernir y purificar lo negro y vivir a través de este filtro. Es otra manera de ajusticiar el pasado. La confesión se convierte en un poderoso antidepresivo, un aliciente para la existencia actual.

(*) Frida A. Oswald nació en La Paz, Bolivia. Radica en San Diego, California desde 1980. Es licenciada en Literatura Hispanoamericana. Escribió la tesis de maestría "Denuncia y conciencia crítica en la literatura testimonial boliviana" (2003). Concluyó su doctorado en el Departamento de Hispanic Studies en la Universidad de California, Riverside.


Víctor Montoya

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