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Domingo, 3 de agosto de 2014, Cultural El Duende
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Desde mi rincón

¿Lefebvrismo u otras hierbas? (2)

•  TAMBOR VARGAS


Primera de dos partes

El tema del ‘lefebvrismo’ o movimiento que en su momento encabezó el arzobispo Marcel LefŔbvre (1905-1991), ya ha sido objeto de algún comentario en esta misma columna; pero sigue mereciendo atención, pues, no es tanto el acierto o desacierto discutido del movimiento, sino la realidad misma lo que invita a hacerlo. Y para todos debería estar claro que las realidades son incomparablemente más difíciles de combatir que los ‘ismos’.

Invito a cualquiera a que se ponga a leer el libro de monseñor LefŔbvre Carta abierta a los católicos perplejos: aunque traducido al español existen por lo menos dos ediciones en papel (2¬ edición, Buenos Aires, Emecé, 1987), para muchos resultará más cómodo, rápido y barato encontrarlo, por ejemplo, en el sitio ; o también en:

. Y una vez leído haga un pequeño ejercicio de confrontación entre lo que dice el arzobispo con lo que uno conoce de la realidad que está al alcance de la mano.

En lo que me concierne, encuentro que mi propio repertorio de ‘realidades’ coincide básicamente con el que expone el prelado excomulgado. Y en este sentido la honestidad exige concluir que monseñor LefŔbvre no tiene, por tanto, nada de exagerado, sesgado, hinchado, deformado... Fue más bien la voz incómoda que ponía el dedo en la llaga.

* * *

Si es así, entonces uno se pregunta por la razón profunda (incluso inconsciente) de las múltiples condenas que han caído sobre el arzobispo francés. Para empezar, uno tendría que excluir la existencia de una interpretación falseada de la realidad. Y dando paso a una especie de psicoanálisis colectivo, habría que plantearse la hipótesis de que las condenas han sido el recurso encaminado a evitar la consideración de unas verdades incómodas: las que LefŔbvre pone a la vista y condena, esperando una condena oficial de la Iglesia..., que nunca ha llegado hasta hoy.

De una manera general, todos estamos sometidos a la tentación de resistirnos a la luz de la verdad, prefiriendo los engaños a la admisión de verdades desagradables. Éstas pueden ser tales por innumerables causas; y muchas de ellas estrictamente personales. Por ejemplo porque, de admitirlas, quedaríamos moralmente obligados a reconocer otro tipo de realidades, de las que un día de nuestras vidas decidimos prescindir, ignorar o, simplemente, rechazar. Otras veces las rechazamos porque, de admitirlas, nos obligarían a reformar aspectos importantes de nuestras propias vidas; o puntos de nuestras convicciones intelectuales. El alma humana tiene miles de herramientas para ‘librarse’ de varios tipos de verdades incómodas, desagradables, comprometedoras; e incompatibles con otras posiciones y convicciones profundas: si no queremos apartarnos de éstas tampoco podremos acoger aquéllas, pues no pueden convivir juntas.

* * *

Hasta aquí me he quedado en un plano teórico; y por ello, aplicable a muy diversos aspectos de la realidad. Volvamos a monseñor LefŔbvre. Su nombre ha quedado definitivamente ligado a una serie de objeciones doctrinales y pastorales a algunas doctrinas del Concilio Vaticano II. Unos, los que aceptan por obediencia católica las enseñanzas conciliares, no pueden dar entrada a las objeciones lefebvristas. Otros, en cambio, se encuentran ante la difícil disyuntiva de tener que escoger entre una obediencia ciega a las doctrinas (y a las prácticas derivadas de aquéllas) del Concilio o anteponerle un juicio de las doctrinas y prácticas presuntamente originadas en aquellas doctrinas y prácticas, y que implicarían una ruptura con la doctrina y práctica consagradas en la Iglesia anterior al Concilio.

En el fondo, se trata de la misma difícil disyuntiva en que se encontró el propio monseñor LefŔbvre: en nombre de la fidelidad a la tradición católica, tener que rechazar doctrinas emanadas de los representantes más inequívocos de aquella tradición, como son un concilio ecuménico, presidido por el Romano Pontífice, quien ha aprobado, firmado y promulgado los mismos decretos, declaraciones y documentos en cuyo contenido se encuentran las doctrinas inaceptables por el obispo rebelde.

* * *

Todavía hay algo que viene a complicar más la situación: si hay unos que, por fidelidad a la enseñanza tradicional católica, niegan su obediencia a ciertas enseñanzas de la Iglesia, también hay otros que, bajo la apariencia de acatamiento a las ‘nuevas’ doctrinas del Vaticano II, se separan de ellas o las desnaturalizan cuando les viene en gana. Por esto su acatamiento debe calificarse de aparente, pues no es el resultado de reconocer la autoridad del Concilio (y de la Iglesia que lo convocó y aprobó), sino porque –al margen de él y de ella– forman parte de su propio catálogo de doctrinas u opiniones personales. A fin de cuentas practican aquel ‘libre examen’ de Lutero. Entre los primeros y los segundos hay diferencias formales de peso.

Las materias de desobediencia son innumerables: desde la interpretación de la Biblia hasta la aceptación de las normas morales, pasando por los dogmas más centrales de la fe. Esto ya se puso en evidencia cuando Pablo VI publicó su encíclica HumanŠ vitŠ (1968); y desde entonces el catálogo no ha dejado de crecer: la licitud del aborto, del divorcio, de los ‘derechos’ homosexuales, de la ordenación sacerdotal de mujeres, de la presencia sacramental de Jesucristo en la Eucaristía, de la necesidad del perdón de los pecados personales en la confesión oral, de la obligación misionera de la Iglesia Católica, de la posesión de la verdad cristiana total por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, de los fines y formas del diálogo ecuménico, etc. Y a fin de cuentas, sobre la capacidad humana de encontrar la verdad, pues se la niega tal capacidad cuando se niega o se presupone su inexistencia.

Ante este panorama, ¿podemos decir que el diagnóstico lefebvriano era erróneo, desenfocado? ¿Fue su culpa haber señalado el inevitable destino de ciertos caminos? ¿Hay que castigar al mensajero o analizar el mensaje?



Continuará



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