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Domingo, 27 de mayo de 2012
LA PATRIA, Cultural El Duende
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Desde mi rincón

Latín siempre (todavía) latín

•  TAMBOR VARGAS


David A. Lupher
Desde el ‘país altiplánico’ (como se complacen en repetir los pobres chilenos) resulta difícil de apreciar, por lo que se hace muy fácil perder el mundo de vista: me refiero a la pervivencia del latín y de lo latino hasta nuestros mismos días; pero con un poco –sólo un poco– de esfuerzo y de buena voluntad, aun desde el Altiplano se alcanza a ver la realidad. Aunque los documentos de aquella pervivencia son innumerables, aquí y ahora me voy a limitar a dar breve noticia de dos de ellos.

El primero es un libro que ya empieza sorprendiendo por su mismo título: es el de Wilfried Stroh, Latein ist Tot, Es lebe Latein! Kleine Geschichte einer grossen Sprache (Berlín, List Taschenbuch, 2009, 415 p.), cuyo título conviene traducir: "El latín está muerto, ¡que viva el latín! Pequeña historia de una gran lengua". Y convenía traducirlo porque constituye la primera sorpresa (y paradoja). Sorpresa, porque a lo largo del libro el autor nos da mil y una pruebas de cómo la lengua y la cultura latina han seguido haciendo (más bien silencioso) acto de presencia en todo el espacio que un día fue suyo sin competencia.

El autor ya abre el libro con una victoria: hace desfilar ante el escéptico lector una serie arrasadora de expresiones, usos, etimologías que son latinas o proceden del latín; con ello puede demostrar al escéptico que en nuestros mismos días el latín sigue ‘vivito’ en todos los aspectos de la vida, desde las ciencias hasta la computación, desde la publicidad hasta el deporte. Con este primer poroto ya puede pasar a ir desgranando en otros tantos capítulos sucesivos la historia del latín, desde sus lejanos vagidos hasta el siglo XXI (pp. 17-315). Pero, no contento con ello, todavía redondea la obra con sendos apéndices: uno sobre la prosodia para alemanes (¿cómo pronunciar el latín?) y otro sobre la acentuación latina (pp. 316-324); con una detallada tabla cronológica de la historia del latín o relacionada con sus aventuras desde 1200 aC hasta 2006 (pp. 325-346); con una bibliografía comentada y agrupada según los capítulos (pp. 347-380); con las notas de las fuentes utilizadas (pp. 381-396); y con sendos índices, uno de personas y otro de conceptos y lugares (pp. 397-415).

¿Y quién es el autor? Stroh, nacido en 1939, se ha pasado toda su vida enseñando la lengua y la literatura latinas en la Universidad de Munich hasta su jubilación en 2005; pero para entonces ya llevaba largo tiempo enfrascado en una guerra declarada a favor del ‘latín vivo’, por medio de cursos encaminados al uso hablado y escrito de la lengua; no sólo hablado y escrito, sino también… ¡cantado! Porque Stroh ha organizado numerosas escenificaciones de obras teatrales recitadas y cantadas; y esta tarea se ha intensificado desde la jubilación. Y la crónica da fe de su éxito (lo que viene a desautorizar la creencia de que nadie se interesa por el latín).

El libro de Stroh se puede considerar una obra maestra, una joya: además de lo que se propone y logra demostrar, también demuestra cómo es fruto de toda una vida de entusiasta docencia de las letras latinas. Y en este sentido uno se pregunta cuánto tiempo habrá de pasar para que se lo traduzca a las lenguas más extendidas del planeta, pues no sólo lo merece, sino que sería una herramienta utilísima para impulsar la causa que defiende.

Más allá de su libro, que ya es un colosal desmentido a cuantos se dejan llevar por el ‘pensamiento gregario’ y se creen obligados a referirse al latín como ‘lengua muerta’, bastaría pasearse por internet para descubrir el altísimo número de iniciativas de toda naturaleza, pero coincidentes en documentar las iniciativas en favor del ‘latín vivo’: grupos que se reúnen periódicamente para hablar en latín, cursos de verano encaminados a la práctica hablada y escrita de la lengua, publicaciones en latín, etc., etc.

¿No es elocuente el hecho de que entre 2008 y 2009 hayan salido seis ediciones de bolsillo de este libro? El testamento de Stroh es claro: si queremos entender la lengua que hablamos, valdría más que supiéramos algo (cuanto más, mejor) ¡de latín! No sólo la lengua; ¡también la cultura (en) que vivimos!

* * *

La obra de Stroh me lleva de la mano a comentar el segundo (documento), que, aunque es un poco más antiguo y no trata del mismo asunto, se concentra en un caso particular de los innumerables casos en que se puede detectar el peso de la herencia romana; y que tiene los Estados Unidos como lugar de procedencia (otro motivo de sorpresa, tratándose de nuestro tema). Me refiero al libro de David A. Lupher, Romans in a New World. Classical Models in Sixteenth-Century Spanish America (Ann Arbor, The University of Michigan Press, 2006, 440 p.).

El autor enseña literatura griega y latina en la Universidad Puget Sound (Tacoma, Washington); entonces, ¿qué le ha llevado a abordar un tema hispanoamericano? Como él mismo explica, fue la circunstancia inesperada de tener que dar un curso sobre el cronista novohispano Bernal Díaz del Castillo; dado su campo habitual de trabajo, quiso enfocarlo lanzando un puente entre la antigüedad clásica (concretamente, romana) y el siglo XVI de la conquista hispanoamericana.

¿Conquista ‘americana’? Sería más exacto hablar de ‘norteamericana’, pues el autor maneja sobre todo las fuentes indianas de la primera mitad del siglo XVI (Marineo Sículo, Cortés, Díaz del Castillo, Las Casas, Fernández de Oviedo…); como su enfoque quiere ‘problematizar’ el tema de la conquista, se adentra también en los grandes autores de la polémica no menos teológica que jurídica que aquella conquista provocó (Las Casas, Sepúlveda, Vitoria, Cano, Soto…), polémica que también le sitúa en el tercio central del siglo XVI. Y así podemos entender que en buena parte esté centrada en la Nueva España.

Como no podía hacer de otra forma, Lupher ha leído en las crónicas y tratados polémicos de tema indiano cuanto le permitiera relacionar el mundo romano con el americano (éste ha sido su propósito desde un comienzo); más en concreto, echar un puente entre la conquista romana de la Hispania con la conquista hispana de la Nova Hispania. Puestas estas premisas, la madura destreza del autor le permite poner a la vista situaciones, actitudes, pasiones, prejuicios de doble sentido: no sólo el pasado lejano influye en la presentación de lo que está sucediendo en América, sino que las experiencias americanas llevan también a hacerse una idea peculiar de la antiquísima conquista de la península y su romanización subsiguiente. Y le sale al encuentro una amplia gama de posiciones: desde los que en la conquista romana ven la legitimación de la americana hasta los que alimentan el orgullo de un ‘patriotismo’ hispano en América con un presunto ‘indigenismo’ ibérico que rechaza la conquista romana de la Hispania. En todo caso, la obra que comentamos demuestra que Roma fue un punto de referencia casi omnipresente en aquella primera ‘disputa del Nuevo Mundo’. Y esto justifica plenamente tanto su investigación como la publicación de sus resultados.

Aunque desde nuestra perspectiva podemos lamentar que en este firmamento a Sudamérica sólo le quepa un papel de pariente pobre (en parte, efecto de la cronología de los hechos y reflejo de los sucesos; en parte, fruto de opciones personales de Lupher), a fin de cuentas es secundario. Personalmente creo que sus análisis y sus exegesis se habrían enriquecido con un aprovechamiento más sistemático de Cieza, del P. Acosta y del Inqa Garcilaso, pero es forzoso reconocer que la sincronía básica los dejaba fuera de los debates analizados. La conquista del Perú pertenece a otro ciclo; en cambio, la conquista del imperio azteca y de la federación maya provocó el cuestionamiento ético que se venía acumulando desde los primeros días de Colón.

Con todo hay una ausencia que sí sorprende: la del catalán Joan Cristòfol Calbet d’Estrella (1520?-1593), que como tantos participantes en la polémica, nunca pisó América, pero vivió muchos años entre los pasillos cortesanos. En cambio, hay una presencia que puede calificarse de primicial: la del hasta hace poco enigmático fraile Vinko Paletin OP (o Vicente Palatino de Curzola), pues ésta debe ser la primera monografía en que se aprovecha –más allá de una mención meramente ritual– su complejo alegato pro-colonialista (y en la misma medida, explícitamente anti-lascasista), gracias a la reciente y única edición disponible de Sanjek (Zagreb, 1994) (pp. 167-186), que confronta con la copia incompleta de la versión latina.

Resumiendo: una aleccionadora obra de historia cultural e intelectual, con la trama de ideas, recuerdos, imágenes y pasiones desatadas en tiempo renacentista, cuando Europa trataba, por un lado, de ‘recordar’ el legado de la Antigüedad clásica; por otro, de ajustar sus instituciones y sus mentalidades a las tremendas novedades del nuevo continente americano. Que esto desatara todo un paquete de debates no puede sorprender (y menos escandalizar) demasiado; en cambio me parece mucho más interesante comprobar (por enésima vez, si hiciera falta) cómo unos mismos hechos pueden desencadenar (y ser puestas al servicio de) las interpretaciones más opuestas. A uno le viene a la memoria aquel dicho que en plena Edad Media ya había enunciado Tomás de Aquino: quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur. Dogma que no libera de la aspiración a la verdad dogmática (donde ésta sea pertinente), pero que a los investigadores de las realidades históricas les permite reconocer la relatividad de las ‘teorìas’ y ‘generalizaciones’ humanas, obligándoles más bien a tomar en cuenta la enorme fuerza que pueden alcanzar las pasiones (los patriotismos –también los indigenistas– suelen formar parte de ellas).


Wilfried Stroh

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, Latín siempre (todavía) latín

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