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Domingo, 12 de marzo de 2017, Cultural El Duende
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Las palabras

•  Diego Trelles


     ¿La emoción o las palabras, qué viene primero? Lógicamente no existiría emoción sin un medio para expresarla, no podríamos ni pensarnos sin una convención previa de signos porque los humanos no estamos hechos de órganos, huesos o carne, sino de códigos lingüísticos, de fórmulas siniestras que aparentan ordenar el caos de nuestra naturaleza salvaje. Las palabras son primero. Dios, o cualquier otro de esos visionarios inmortales, creó el signo antes que el mundo dándole un poder apenas perceptible y, por lo mismo, absoluto. Nada es anterior al alfabeto.

Yo soy un poeta. Puedo comprender esa verdad oculta a los demás. Entre otras tragedias, cargo con mi anonimato: soy un poeta desconocido, un juglar sin público. Vivo y escribo en un calabozo inmundo. Dicen que maté a un joven próspero y, aunque eso es falso, no he hecho nada por desmentirlo. He preferido abandonarme al silencio digno de la escritura porque, dentro de esa fosa común, la literatura me ha salvado la vida.

Cosa curiosa que las palabras me protejan entre tanto analfabeto suelto, tanto animalito zafio que mata su tiempo escuchando mi lectura semanal del Quijote de la Mancha. Que la pieza literaria más perfecta haya podido amaestrarlos, no me sorprende. No ha faltado por supuesto quien me haya desafiado, incapaz de soportar la dictadura del lenguaje sobre los hombres más feroces. Sin embargo, a mis escasos veinticuatro, me he convertido en persona importante dentro del penal. Y no es que esto me llene de orgullo, pero al menos me permite escribir sin preocuparme por mi integridad física.

Y eso es lo que hago. Cuando me veo liberado de impartir charlas o de leer El Quijote, produzco. Escribo y escribo, casi todo el día. Por las mañanas, por ejemplo, me dedico a crear y a corregir mi poesía. Por las tardes, redacto este documento que me niego a llamar novela porque no hay nada ficticio en sus páginas. Quizá de una manera inconsciente, estoy dándole forma a una denuncia. ¡Sí! Una denuncia para limpiar mi honor de artista. Ante el agravio infligido por la ciega justicia de este país, escribo la verdad de una mentira que me acusa de ser asesino de García Ordóñez y me ha condenado a vivir entre leprosos.

Muy a pesar de mi cansancio, no me atemoriza pasar por las situaciones más extremas. Todo lo contrario. Agradezco la oportunidad de experimentar esta barbarie, pues me inspira los poemas más despiadados que ser alguno haya escrito (salvo, claro, nuestros padres espirituales: Artaud, Baudelaire, Celan, Cernuda, Pound, Rimbaud, Tzara, Verlaine y Vallejo q.e.p.d.). Me he convertido en un tipo despreciable, un hombre enfermo que, para seguir con vida, engaña a estos despojos humanos. Mi poder son las palabras. No me interesa que estos bellacos aprendan. ¡Yo solo quiero escribir! Y mi pavor no es otro que el punto final de la obra de Cervantes. Esa es mi oscura verdad. Le temo a la última página, el último Vale.

Temo decirles a estos infelices que El Quijote se acabó y no que queda otra cosa para leerles sino mi propia poesía.

Porque, díganme, ¿cómo se reemplaza al Quijote? ¿Con qué? ¡Cómo evitar el linchamiento de las hordas, la salvaje reacción del vulgo si solo les queda un poeta anónimo que los trata de cerdos en sus poemas! Pánico. Me aterroriza imaginarme colgado de una de las astas del patio cuando ya no les sirva. Y aunque por ahora las palabras estén de mi lado, sé que su fuerza se tornará en mi contra y por eso leo cada vez más despacio, haciéndome el distraído ante sus quejas y silbatinas. ¡Qué terrible la ironía del poeta traicionado por sus versos!

Lo macabro y fascinante es que la imagen no carece de hermosura. No comprendo la razón, pero siempre que me sueño devorado por ese mar de cuerpos, aparece la escena de la película de Pasolini que Casandra me invitó a ver. Si no me equivoco se llama Teorema. Ocurre en una estación de tren. Un hombre adinerado y culto, dueño de muchas fábricas, está mirando con deseo a un chico de la calle. Le observa el sexo sin pudor. Su familia acaba de ser destruida por un enigmático extraño que, instalado en su casa, se convierte en amante de todos sus parientes. El extraño se acuesta con sus dos hijos, con su esposa, con la sirvienta. Incluso el mismo hombre se deja seducir por él.

Cuando se marcha, la familia burguesa se desmorona. Necesitan de su contacto para vivir. La esposa se vuelve promiscua, recoge a jóvenes callejeros que en algo se le asemejen. La hija cae enferma, enmudece y pronto pierde el conocimiento. El hombre enloquecido decide dejar las fábricas en manos de sus obreros. De alguna manera, el extraño representa a este proletariado invisible en el filme. Aquí es cuando ocurre la escena que se inserta en mi sueño. Los ojos del hombre no dejan de observar al chico parecido al extraño. La gente no advierte que, de pronto, en medio de la estación, ha empezado a desvestirse con la cara compungida. Una vez desnudo, la cámara observa sus ropas sobre el suelo: pedazos de tela en nada diferentes a los que llevaba el extraño.

Me he dado cuenta de que he nombrado a Casandra sin haberla presentado. Tampoco he hablado del Círculo. Ni siquiera de mí. Mi nombre no es Ganivet pero me he acostumbrado a que me llamen así. Aquí en la prisión los del pabellón de senderistas me dice Roque Dalton, como el poeta salvadoreño que terminó asesinado por sus camaradas. La idea, por demás descabellada pues lo último que haría serían poemas comprometidos con otra causa que no sea la artística (en eso me considero el perfecto anárquico), fue del profesorcito de una academia pre-universitaria que tuvo la insolencia de llevar el nombre del gran César. Piensa el muy infeliz, que mi obra de lectura comunitaria se ajusta a un programa social de educación para las masas. Y ya me ha prometido algunos libritos de autores rusos y chinos que "definitivamente ayudarán a nuestra causa".

Esas, textuales, fueron sus palabras. Yo me mantuve adherido a la tierra mientras lo veía triunfante obsequiarme su espalda carroñosa y alejarse con los pasos elegantes de quien acaba de descifrarle el mundo al más imbécil de los adolescentes. Me quedé con un solo pensamiento: "Por qué no le escupiste, Ganiver?"

Los demás prisioneros han comenzado a llamarme Sansón Carrasco desde que empecé la segunda parte del Quijote. Su lógica es que, dentro del presidio, yo encarno la figura del letrado. En realidad, a nadie la importa que haya ingresado al penal acusado de asesinato porque los crímenes en este lugar son como una cualidad compartida. Bajo esas premisas: Yo, además de asesino, tengo del don de las letras pero nunca podré abandonar mi primigenio estado de delincuente. Es como un estigma, no existe preso que crea el cuento de la regeneración social. Pero, bueno, ya no quiero extenderme más contándoles las desventuras de estos perros lunáticos. Yo les hablaba de mi verdadero seudónimo en los días extraños y hermosos en los que pertenecí al Círculo: Ganivet.

Ángel Ganivet fue un famoso escritor español cuyo apellido me sedujo por dos razones: la primera, la sonoridad aristocrática de esas tres sílabas que parecían nombrar a un duque extranjero (y yo tenía muy presente al poeta puneño Carlos Oquendo de Amat con su nombre fastuoso de virrey español); la segunda, la trágica y sublime historia de su muerte, una muerte valiente que yo hubiera deseado para mí.

Ganivet se arrojó al río devastado por una decepción amorosa y una progresiva parálisis sifílica el 29 de noviembre de 1898. La verdadera tragedia no fue que se arrojara, sino que no muriera. El suicida fue rescatado y debió soportar las miradas injuriosas de los que solo existen para espiar el dolor.

Como ya estaba muerto (al menos anímicamente los estaba) en el mismo momento en que era rescatado, tomo la feliz decisión de lanzarse otra vez. Ganivet murió dos veces en una misma tarde. ¿Cuántas moriré yo el día en que las palabras ajenas se me agoten?... ¡Oh, vagos e inútiles pensamientos! ¡Vano, maldito oficio que me condena al dolor más genuino! ¡Qué vacuo y maléfico es todo! ¡ Qué mundo envidiable y perverso el de los hombres iletrados que no saben de la angustia ni reconocen la nada cuando la tienen en sus narices! ¡Qué miserables somos los poetas! ¿Qué no daríamos por andar ciegos y a gatas entre la infame turba de humanos? Yo no puedo más.



* Diego Trelles Paz.

Escritor, guionista, músico y antologador peruano (1977).

De: "El círculo de los escritores asesinos"

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, Las palabras

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