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Domingo, 10 de diciembre de 2017, Revista Dominical
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La pluma dulce del orureño Molina Viaña

•  Por: Henry Misericordia Yavi


 Profesor Hugo Molina Viaña, escritor orureño, a lado de una vicuña, personaje de uno de sus cuentos más célebres
Muchas veces, los adultos caemos de ingenuos al suponer que un cuento o un poema, que supuestamente está destinado para el mundo infantil, es adecuado porque presenta un lenguaje sencillo y tiene ficción, prejuicio que subestima y deja de lado las potencialidades innatas.

La tarea de escribir para el mundo infantil es una de las empresas más difíciles, grandes escritores conscientes de lo que implica hacerlo, han preferido escribir para gente adulta, ya que si se pretende hacerlo se debe tener mucho cuidado no solo en lo que se dice, sino, en cómo se lo dice. Recordemos lo que dice Yolanda Bedregal: "Es difícil escribir para niños sin caer en la ñoñería."

Partiendo de esa idea, es que pretendemos recordar al profesor Hugo Molina Viaña, notable escritor orureño que su vida llena la brindó a la difusión de Literatura Infantil, regalándonos escritos, entre poemas y cuentos de singular e incalculable valor no sólo literario, sino también cultural.

El profesor Molina es un personaje comprometido con los niños, su relación es tan buena que parece saberlo todo de ellos, juega con ellos envolviendo en su pluma dulce a cuanto niño se atreva a leerlo, los comprende con tanta paciencia que parece ser uno de ellos, los lleva de la mano hacia senderos esponjosos de primavera eterna, recorriendo la inmensa Cordillera Andina; es sociable de verdad, pues contagia a sus personajes las ganas de relacionarse con otros, los transforma a aquellos que en nuestro idealismo objetivo son tímidos y que no creen en nada porque la codicia humana se ha encargado de volverlos sumisos haciéndoles presa de la soledad y resignación.

Punto alto para este notable hombre de letras, pues rescata con mucho orgullo a aquellos animales que son la esencia del pasado, nuestro mallku imponente, dueño de los aires andinos; nuestra llamita, natural de estos paisajes; cómo olvidarnos de la vicuña, animal hermoso de verdad, de incalculable valor cultural, víctima de avaros, de aquellos hombres sin escrúpulos que hacen presa y comercializan a costa del dolor animal, tan preciados lienzos.

En sí, hablar de su prosa es ingresar y caminar por los parajes del paraíso andino y en ella sentir la suave piel de la vicuña, correr detrás de ella, y reafirmar nuestro pasado. Sin duda alguna este es uno de los méritos más grandes de su literatura, pues le da a sus escritos una personalidad propia, tomando con pinzas y exponiendo ante los niños y el mundo lo rico de nuestro terruño.

La Viconcela, manjar exquisito de palabra, bañada en verdad por la más exquisita lírica, recorrer con ella los andes nos expone a que salga de nuestras almas el humanismo, la vicuñita de Molina, con su ternura cautiva nuestros sentidos, neutraliza nuestras reacciones humanas y nos lleva a aquellos estados donde habita la reflexión. Cómo no recordar aquella cuestionante de la Viconcela ¿Por qué las madres se mueren, Señor? El sufrimiento de tan tierno camélido tiende no sólo a ser una reflexión, sino va más allá, pues forma y purifica nuestra conciencia.

La llamita celeste, cuento de tintes mitológicos, de alas maravillosas que nos trasbordan al mundo de la imaginación, donde "La mancha", juego preferido del Príncipe Cóndor y de la angelical Llamita son el preludio de un pacto de amistad eterna, cuando la llamita grita: - ¡así no vale! ¡no vale volar tienes que correr!. Y la respuesta del Príncipe - Yo te enseñaré a volar, te regalaré mis alas... iluso aquél que pensará que así sería, pero la historia hace presa de nuestras emociones y en un trágico pasaje del relato ambos son acribillados por Zorrín, quien ciego por el dinero comete tan vil crimen. Más conmovedor es el acto que le sigue, pues las almas de nuestros dos amiguitos se juntan y en un acto tremendamente dulce el niño de los aires le regala sus preciadas alas al camélido, quien de repente empieza a cambiar de pigmento y se torna celeste, entonces pues, su cuerpo empieza a elevarse producto del aleteo y se pierde por los aires.

Hugo Molina nos heredó inmensas vetas, ricas en todo el sentido de la palabra, que están ahí, quizá bajo el polvo, esperando algún día la oportunidad de ser leídas. Es nuestro deber como Profesores, Padres de Familia y más como orureños y bolivianos llevar a las aulas y al hogar los cuentos y poemas de tan ilustre escritor, y permitirles a nuestros niños leer melodiosas historias, jugar con las rimas, viajar y conocer nuestras tierras y sobretodo bañar sus conciencias con suaves chorros de sensibilidad.


"Martín Arenales", el quirquinchito que inmortaliza la obra lírica de Molina Viaña

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