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Domingo, 20 de diciembre de 2015, Cultural El Duende
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La leyenda del Judío errante

•  Vicente González-Aramayo


En el decurso de las infinitas publicaciones de libros, revistas y folletos, se ha dado de todo. Ello ha permitido la difusión de la expresión humana no sólo como información sino como entretenimiento. De ahí aparece la tira cómica (cómic en inglés) o, lo que sería mejor, la historieta. Esta forma de arte ha llegado a todas las edades no sólo como caricaturas animadas en papel y en celuloide, se ha difundido incluso ilustrando novelas famosas, cuentos de todo género y la misma historia. Es así como el ser humano se halla sujeto a distracciones singulares y no siempre en el momento de relajamiento. Ha plasmado su voluntad y talento en esa infatigable rueda de procesos culturales, mezclando a veces mitos y realidades en una espiral dialéctica cuyo clímax ha dado lugar a la facultad de hacerlo casi todo en video y televisión, computación e internet.

Ese acceso dialéctico pudo haber comenzado desde una simple tira cómica, sencillísima, como por ejemplo de Don Fulgencio de Lino Palacio, hijo del poeta argentino Almafuerte, y el mundo de Disney.

Cuando estuve en la escuela, competía con un amigo en dibujar historietas. El muchacho me enseñó un día su trabajo: era una breve historieta en pocos cuadritos donde, después de "escuchar", había imaginado la leyenda del judío errante. El escueto trabajo no me permitió mayores detalles pero despertó mi interés por la historia. Supe entonces que, aun habiendo sido escrita por autores como el francés Eugenio Sue, Pérez Escrich y Ricardo palma, la tradición oral hizo también lo suyo. Veamos:

Según la voz que viene rodando en el tiempo, un día caluroso en el hirviente clima de un pueblo de Judea, Pilato acababa de lavarse las manos durante el juicio a Jesús. Enseguida le pusieron en los hombros la pesada cruz al mártir y comenzó la calle de la amargura, camino del Gólgota. Soldados romanos con látigos marchaban al lado de Jesús. El divino se apoyó a una baranda de piedra a descansar justo frente a un hombre que mostraba un rostro feroz, era un zapatero tosco, torvo y agresivo quien, mirando avieso a Jesús, le había espetado con insolencia que siguiera su camino, que caminase, que se hallaba condenado. Este zapatero no era bien querido en el pueblo porque lo consideraban ruin y malvado. Entonces Jesús respondióle serenamente: "¡Quien caminará hasta la consumación de los siglos serás tú! Ahora mismo comienza, no tendrás sosiego, anda, camina…"

Y cuentan que el judío comenzó a caminar, que sigue caminando, y que en los rostros de la gente, de los animales y hasta en las paredes parece encontrar eternamente la palabra: "Camina… camina". Entra al fuego, no se quema, entra al agua, no se ahoga, se desbarranca y queda indemne. No morirá sino cuando sea el fin de los tiempos.

Claro que esta narración es una leyenda, pero las generaciones humanas suelen darle a las leyendas contornos de realidad. En algunas tertulias se arman polémicas poco menos que semejantes a las discusiones bizantinas, sosteniendo que Cristo no pudo haber vertido maldición tan dura, pero así lo escribieron y así lo cuentan.

Sigamos con la relación.

En la ciudad de Potosí existe la imagen de Cristo tallado en madera sobre la cruz. Es una verdadera obra de arte. Brevemente contada, la historia de esta imagen es la siguiente: En el siglo XVI, los franciscanos recibieron un cajón en forma anónima. Tenía el rótulo de "Veracruz" (probablemente lo enviaron de España para Potosí vía puerto de Veracruz, en México). Contenía la escultura desarmada de un Cristo tallado en madera en su respectiva cruz. A los tres días se presentaron dos jóvenes rubicundos que dijeron haber sido encomendados para armar la imagen. Aunque no dijeron instruidos por quién, los alojaron en una celda, y encerrados allí comenzaron el trabajo. Quince días después, en la madrugada de un día común, cuando los frailes caminaban rumbo al tenebroso templo a cumplir sus oficios religiosos, encontraron la celda abierta. No estaban los dos supuestos ángeles, ingresaron en ella y quedaron deslumbrados. Allí estaba la imagen del Señor de la Veracruz crucificado. Arrodilláronse con gran humildad, y a poco la entronizaron en el altar del templo adonde la gente acudió masivamente para ver el "milagro".

Los crédulos comentaban: "¡…dicen que fueron los ángeles que ni siquiera comieron lo que los curas les dieron!"

Por entonces el templo de San Francisco se construía para dejarlo como es ahora: portentoso, con cúpulas de gran magnitud, con piedra de rodado, portal de piedra granito rojiza, tallado en varios estilos, aplicación de columnas salomónicas y capiteles corintios además del trebolado mozárabe. Siglos después se hizo la torre, ya con piedra canteada, tomando el estilo barroco. Total una obra maestra del arte colonial con remanente renacentista.

No suelen sacar al Señor de la Veracruz en procesión, pues tienen el temor supersticioso de recibir un castigo. Cuentan que aconteció ya en cierta ocasión en que salió la imagen y hubo guerra en el país. Cuentan que en l949 se realizaba una solemne procesión por la plaza 10 de Noviembre y se llevaba en alto la imagen del Señor de la Veracruz. Era una gran multitud de gente recoleta, con el obispo a la cabeza tocado de mitra, acompañado de acólitos en medio del humo de los botafumeiros, cuando ocurrió algo inesperado: en medio de la multitud se abrió paso un extraño hombre. Le calcularon unos cuarenta años, pelo cobrizo, rostro pálido y algo demacrado, ojos claros; vestía sin aliño, con ropa ordinaria y parecía calzar zapatos gruesos y gastados. En suma, era extraño el sujeto, quien, acercándose más al altar y clavando su mirada profundamente en el Cristo de la Veracruz, exclamó sin reparos: "¡Yo he visto morir a este hombre!" y, dándose vuelta, volvió a perderse entre la multitud dejando atónito al grupo que le rodeaba. Uno de los ciudadanos, con los ojos desorbitados, dijo al grupo: "¡Es el judío errante… por Dios, era el judío errante!" Desde ese día corrió la voz acerca de aquel extraño personaje y su curiosa y extravagante figura.

Viene otro cuento:

Ricardo Palma (Crónicas Peruanas, Ed. Aguilar, Barcelona, l956) en un curioso y sorprendente artículo, afirma que "en 1956 hizo estragos el tifus en el departamento del Cuzco. Calcúlase en cien mil el número de víctimas de la epidemia. El gobierno envió desde Lima una comisión de médicos, a las órdenes del Dr. Garviso, bien provistos de botiquines, dinero y cuanto auxilio pudieran necesitar los epidemiados…". El autor ubica su historia en el pueblo de Zurite, nueve leguas del Cuzco. La gente conocía sobre la leyenda del Judío Errante porque allí se había difundido la novela de Eugenio Sue sobre este sujeto bíblico. Incluso para que llegue a todos, lanzaron una edición económica. Todos habían leído ávidos la tal historia, y vivían impresionados porque eran conscientes de que por donde pasaba el supuesto judío errante dejaba una estela de males. Estas creencias causaban mucho temor, dado el nivel cultural de un pueblo de aquella época, con efluvios aún de lo que fue la severidad eclesiástica y la Inquisición que hasta no hacía mucho había desaparecido. Seguía la mortandad de ese tipo de cólera mientras la gente del Cuzco vivía sobresaltada. Resulta que llegó hasta el pueblo un viajero que se alojó en una posada. Probablemente era un trotamundos, pero la gente comenzó a verlo con temor y desconfianza. Palma anota: "A muchos habitantes del Cuzco se les encajó entre ceja y ceja que aquella espantosa cifra de mortalidad no era producida por el tifus sino por la presencia del huésped que llevaba a cuestas la maldición del Divino Maestro..." Cuando este hombre se presentó en Zurite, la gente se espantó por su extraño aspecto. Palma continúa: "Era un hombre pálido, enjuto, apergaminado y de ceja tan espesa, que casi parecía una raya negra sobre los ojos. Las señas eran fatales. El hombre era el retrato del Judío tan pintorescamente descrito por Eugenio Sue."

"En vano el infeliz dijo que era español y que se llamaba Francisco Anselmo de Mendoza, que había estado convaleciente de una afección pulmonar y que, restablecido ya, no quería abandonar la sierra sin visitar antes los monumentos de la ciudad imperial de los Incas. - ¿A nosotros con esas? dijo la gente de Zurite. - ¡No somos tan bobos! Maldita la gracia que nos hacía su visita. Ya quedará usted escarmentado compadre; y pagará por junto las que ha hecho en el mundo.

Y tanto por castigar al que fue (sic) despiadado para con el Cristo en su camino del Gólgota cuanto por vengarse del que creían portador de la peste, encendieron una hoguera en la plaza y achicharon en ella al desventurado chápiro. Con esto los de Zurite creyeron haber conquistado la gratitud del universo-mundo.

Enseguida repicaron campanas, quemaron cohetes, se entregaron a grandes festejos, y el gobernador y alcalde pasó a oficio a la autoridad en el cual, los de Zurite felicitaban al departamento, porque gracias a la energía de tan cristianos vecinos, la peste iba a desaparecer. Y en efecto. ¡Vean ustedes lo que hace la casualidad!

Desde que los de Zurite quemaron al Judío Errante no volvió a ocurrir en el departamento un solo caso de peste."

A falta de profusión de periódicos y otros medios de comunicación en el siglo XIX, la voz humana los reemplazaba eficientemente. Era la trasmisión oral, y cuentan que después de los festejos sobre la cenizas de aquel desgraciado español en Zurite, algunos parroquianos fueron a buscar sus pertenencias; sólo hallaron un maletín viejo de cuero negro, por dentro papeles y una carta manuscrita y fechada en Valladolid que decía: "Valladolid , l8 de marzo del año del Señor de l849. A Don francisco Anselmo Martínez (…) deseamos que vuelva pronto su merced, le extrañamos mucho, porque le queremos, vuestra esposa Juana y vuestra hija María."



Vicente González Aramayo Zuleta

Escritor, novelista, cineasta

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, La leyenda del Judío errante

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