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Domingo, 31 de julio de 2016, Cultural El Duende
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La casa de Jaime Mendoza en Uncía

•  Víctor Montoya


Jaime Mendoza
Conclusión



Guillermo Lora, uncieño de nacimiento, en "La frustración de Mendoza", texto insertado en su libro "Ausencia de la gran novela minera", afirmó que la obra de Jaime Mendoza adolecía de muchos errores, que reflejaban la incapacidad creativa del autor y su desconocimiento del mundo minero. Por ejemplo, apuntó que en la novela no se escribe sobre las afamadas montañas de Llallagua y Uncía, cuyas extrañas manaron ingentes cantidades de estaño, convirtiendo en ricos a unos pocos y en pobres a los mineros, quienes pagaban con sus vidas la codicia de los "barones del estaño".

Tampoco se describe al minero en su ambiente natural: el interior de la mina, donde los trabajadores, antes de empezar a horadar la roca, le rinden tributo al Tío, que es el salvador de vidas y el celoso guardián de los minerales, y, lo que es peor, no se presenta a la clase obrera en función a su rol histórico-social, armada con un alto grado de conciencia política y capaz de acaudillar la revolución proletaria.

En síntesis, Guillermo Lora, quien redactó la "Tesis de Pulacayo" en una de las casas de Uncía, opina que no puede existir una novela minera sin montaña ni mineros, sobre todo, si se considera que la montaña, cuyos socavones se han tragado miles de pulmones desde que se abrieron como enorme bostezos de hambre, debe constituirse en el escenario natural de la historia relatada y los mineros deben ser los principales protagonistas de la novela; dos elementos sustanciales que están ausentes "En las tierras del Potosí". Por lo tanto, en palabras de Lora:

"Es una novela frustrada porque no alcanza la vida, la tragedia y el heroísmo de los mineros y menos los estremecimientos dolorosos del proletariado de parte de la arruinada clase obrera".

Otras facetas del autor

Jaime Mendoza, después de la publicación de "En las tierras del Potosí", intensificó su labor como escritor e investigador, incursionando en varios géneros literarios que, con el correr de los años, lo convirtieron en uno de los autores imprescindibles en la constelación de las letras bolivianas.

Aparte de las novelas "Páginas bárbaras", "Los malos pensamientos" y "El lago enigmático", tiene en su haber una cuantiosa obra dedicada al campo de la investigación científica e histórica, como "El macizo boliviano", "Una historia clínica", "Apuntes de un médico", "El factor geográfico en la nacionalidad boliviana" y "La tragedia del Chaco", entre otras.

Este hombre de hábitos sencillos y corazón noble, que en lugar de haber sido abogado o sacerdote, optó por ser médico y escritor desde su adolescencia, vivió en Uncía por más de una década, hasta su restitución a Sucre en 1915. Fue entonces que deslumbró a propios y extraños con otras facetas de su personalidad.

Ejerció importantes cargos públicos en la arena política, llegó a ser rector de la Universidad Mayor Real y Pontífice San Francisco Xavier y Senador por el departamento de Chuquisaca. Los estudiantes le asignaron el título de "Maestro de la Juventud"; un título que le colmó de orgullo, pero que no le dio ninguna compensación monetaria, quizás, porque tuvo la desgracia de vivir en una época en que la actividad intelectual era menos valorada que en la actualidad.

Ahí tenemos a su coterráneo Tristán Marof, cuyo verdadero nombre era Gustavo Adolfo Navarro, quien no sólo fundó en Uncía el primer Partido Socialista de Bolivia y lanzó la consigna: "Minas al Estado y Tierras al Indio", sino que también tuvo toda la razón cuando dijo: "En los pueblos poco desarrollados, el escritor es una especie de faquir que lo sabe todo, y por saber demasiado muere de hambre".

Éste, probablemente, fue el caso de Jaime Mendoza, ya que él, como la mayoría de los escritores bolivianos, conoció la pobreza y la pobreza lo acompañó hasta la muerte, aun cuando tenía un salario como médico, catedrático y funcionario público, que en ocasiones le permitió gozar de una modesta comodidad tanto en Uncía como en su ciudad natal, pero sin haber logrado amasar la misma fortuna que los magnates del estaño, ni haber recibido el reconocimiento oficial de parte del Estado nacional por su intensa actividad literaria y sus aportes en el campo de las ciencias humanas.

Con todo, lo importante es que Jaime Mendoza nunca se arrepintió de los pasos que dio ni de las decisiones que tomó en su vida, ya que de todas ellas sacó experiencias que le sirvieron para elaborar sus obras, como cuando escribió "En las tierras del Potosí", donde plasmó en letras de molde las vivencias y los recuerdos de su juventud en Uncía y Llallagua, recuerdos que permanecieron para siempre en su memoria.

Su hijo, el historiador y archivista Gunnar Mendoza Loza (1914-1994), en una evocación a su padre, escribió en el artículo "La muerte del escritor", sobre los años juveniles del novelista, ya postrado en su lecho de muerte a los 65 años de edad: Jaime Mendoza conservaba intactos los "recuerdos de antaño, como el derrocamiento de Arce, la Guerra Federal, las minas de Llallagua en manos de chilenos, sus juergas en hoteles y chicherías de Uncía junto a obreros y comerciantes sirios, eslavos, italianos, administradores de las empresas, y sus amigos de Colquechaca y Chayanta (Arratia, Beltrán, Salinas, Barrón, etc.) que habitaban Uncía por entonces".

A modo de reflexión y colofón

Al alejarme de la casa de Jaime Mendoza, con la idea fija de retornar en otra ocasión, tuve la extraña sensación de haber retrocedido en el tiempo y haberme ubicado en el preciso lugar donde se escribió la primera novela del realismo social minero, "En las tierras del Potosí", una obra que leí en mi adolescencia, más por obligación que por iniciativa propia, como parte de la asignatura de literatura correspondiente al ciclo medio de educación secundaria.

Después de haber visto la casa de nuestro "Gorki americano", que hoy está catalogada como una "atracción turística" en la población de Uncía, pude comprender que la grandeza de este autor, que no se separó del papel ni del lápiz hasta la hora de su muerte, acaecida el 26 de enero de 1939, radicaba en su genuina humildad y en su profunda sensibilidad para percibir las injusticas sociales, que para él eran las peores lacras de una sociedad hecha a golpes de egoísmo e insensatez.

Ahora bien, lo que no atino a entender es el porqué Jaime Mendoza, ya postrado en el lecho y antes de exhalar el último suspiro, pidió que el epitafio grabado en su tumba fuera una estrofa de su poema "La muerte", que dice:

"Y tal es mi sola ambición, mi solo anhelo de gloria, de vivir no en la memoria, pero sí en el corazón", cuando todos sabemos que este encumbrado escritor, a casi un siglo de su deceso, está tan vivo en el corazón como en la memoria de quienes vivimos en las poblaciones mineras del norte de Potosí, donde fue ambientada su primera novela que, a pesar de las críticas habidas y por haber, contribuyó decisivamente en el conocimiento de la realidad minera de principios del siglo XX.

Por lo demás, cabe sugerir que el gobierno autónomo municipal de la "Capital Folklórica del Departamento de Potosí", en uso de sus específicas atribuciones, se preocupe mucho más en conservar la casa de Jaime Mendoza y, al mismo tiempo, en promocionarla como un auténtico patrimonio histórico y cultural de la población de Uncía, donde actualmente tiene más visitas la "Chicharronería de doña Marujita" en la calle Sucre, que la casa del célebre escritor de "En las tierras del Potosí" en la calle 9 de Abril.



Fin



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