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Domingo, 4 de enero de 2015, Cultural El Duende
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Jos? Saramago: ?El hombre m?s sabio que he conocido en toda mi vida no sab?a leer ni escribir?

•  Fragmento del discurso de aceptaci?n del Premio Nobel de Literatura 1998 recibido por el escritor, novelista, poeta, periodista y dramaturgo portugu?s Jos? de Sousa Saramago


El hombre m?s sabio que he conocido en toda mi vida no sab?a leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo d?a a?n ven?a por tierras de Francia, se levantaba del catre y sal?a al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban ?l y la mujer. Viv?an de esta escasez mis abuelos maternos, de la peque?a cr?a de cerdos que despu?s del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jer?nimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el fr?o de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los c?ntaros se helaba dentro de la casa, recog?an de las pocilgas a los lechones m?s d?biles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ?speras, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen car?cter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos proced?an as?: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni ret?ricas, era proteger su pan de cada d?a, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendi? a pensar mucho m?s de lo que es indispensable. Ayud? muchas veces a ?ste mi abuelo Jer?nimo en sus andanzas de pastor, cav? muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y cort? le?a para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transport? al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, tambi?n de madrugada, pertrechados de rastrillo, pa?o y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que despu?s habr?a de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, despu?s de la cena, mi abuelo me dec?a: ?Jos?, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera?. Hab?a otras dos higueras, pero aqu?lla, ciertamente por ser la mayor, por ser la m?s antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. M?s o menos por antonomasia, palabra erudita que s?lo muchos a?os despu?s acabar?a conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del ?rbol, una estrella se me aparec?a, y despu?s, lentamente, se escond?a detr?s de una hoja, y, mirando en otra direcci?n, tal como un r?o corriendo en silencio por el cielo c?ncavo, surg?a la claridad trasl?cida de la V?a L?ctea, el camino de Santiago, como todav?a le llam?bamos en la aldea. Mientras el sue?o llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me manten?a despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si ?l se callaba cuando descubr?a que me hab?a dormido, o si segu?a hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hac?a en las pausas m?s demoradas que ?l, calculadamente, introduc?a en el relato: ??Y despu?s?? Tal vez repitiese las historias para s? mismo, quiz? para no olvidarlas, quiz? para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad m?a y en aquel tiempo de todos nosotros, no ser? necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jer?nimo era se?or de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la ma?ana, el canto de los p?jaros me despertaba, ?l ya no estaba all?, se hab?a ido al campo con sus animales, dej?ndome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce a?os), todav?a con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me pon?a delante un taz?n de caf? con trozos de pan y me preguntaba si hab?a dormido bien. Si le contaba alg?n mal sue?o nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: ?No hagas caso, en sue?os no hay firmeza?. Pensaba entonces que mi abuela, aunque tambi?n fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ese que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto Jos? al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos a?os despu?s, cuando mi abuelo ya se hab?a ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegu? a comprender que la abuela, tambi?n ella, cre?a en los sue?os. Otra cosa no podr?a significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces viv?a sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: ?El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir?. No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que hab?a sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y ?ltima despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivi? gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que ten?a pena de irse de la vida s?lo porque el mundo era bonito, gente, y ?se fue mi abuelo Jer?nimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte ven?a a buscarlo, se despidi? de los ?rboles de su huerto uno por uno, abraz?ndolos y llorando porque sab?a que no los volver?a a ver.

Muchos a?os despu?s, escribiendo por primera vez sobre este mi abuelo Jer?nimo y ?sta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella hab?a sido, seg?n cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que hab?an sido en personajes literarios y que ?sa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el l?piz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monoton?a de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del pa?s en que decidi? pasar a vivir. La misma actitud de esp?ritu que, despu?s de haber evocado la fascinante y enigm?tica figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevar?a a describir m?s o menos en estos t?rminos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta a?os) donde mis padres aparecen. ?Est?n los dos de pie, bellos y j?venes, de frente ante el fot?grafo, mostrando en el rostro una expresi?n de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la c?mara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca m?s volver?n a tener, porque el d?a siguiente ser? implacablemente otro d?a. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, ca?da a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan t?midos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neocl?sicas?. Y terminaba: ?Tendr?a que llegar el d?a en que contar?a estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para m?. Un abuelo berebere, llegando del norte de ?frica, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ?qu? otra genealog?a puede importarme? ?En qu? mejor ?rbol me apoyar?a??

Escrib? estas palabras hace casi treinta a?os sin otra intenci?n que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron m?s cerca de m?, pensando que no necesitar?a explicar nada m?s para que se supiese de d?nde vengo y de qu? materiales se hizo la persona que comenc? siendo y ?sta en que poco a poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biolog?a no determina todo y en cuanto a la gen?tica, muy misteriosos habr?n sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi ?rbol geneal?gico (perd?neseme la presunci?n de designarlo as?, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban s?lo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. Tambi?n le faltaba quien ayudase a sus ra?ces a penetrar hasta las capas subterr?neas m?s profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transform?ndolos de las simples personas de carne y hueso que hab?an sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habr?a de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricar?an y traer?an los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero tambi?n en aquello que es exceso, acabar?an haciendo de m? la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podr?a decir que, letra a letra, palabra a palabra, p?gina a p?gina, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que cre?. Considero que sin ellos no ser?a la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser m?s que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no lleg? a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad qui?nes fueron mis maestros de vida, los que m?s intensamente me ense?aron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo cre?a que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como t?teres articulados cuyas acciones no pudiesen tener m?s efecto en m? que el peso soportado y la tensi?n de los hilos con que los mov?a. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que design? simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciaci?n (la de ?l, pero tambi?n, de alg?n modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada ?Manual de pintura y caligraf?a?, que me ense?? la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios l?mites: sin poder ni ambicionar aventurarme m?s all? de mi peque?o terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las ra?ces. Las m?as, pero tambi?n las del mundo, si pod?a permitirme una ambici?n tan desmedida. No me compete a m?, claro est?, evaluar el m?rito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ah? para adelante, obedeci? a ese prop?sito y a ese principio.

Vinieron despu?s los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jer?nimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que s?lo merecer?an el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, seg?n las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conoc?, enga?ada por una Iglesia tan c?mplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la polic?a, gente, cu?ntas y cu?ntas veces, v?ctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mal-Tiempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revoluci?n de Abril de 1974 que derrumb? la dictadura, pasan por esa novela a la que di el t?tulo de Alzado del suelo y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficci?n despu?s, con las que aprend? a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simult?neamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias torn? virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lecci?n recibida, pasados m?s de veinte a?os, permanece intacta en mi memoria, que todos los d?as la siento presente en mi esp?ritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco m?s merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dir?.







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