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Domingo 21 de diciembre de 2014
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Domingo, 21 de diciembre de 2014, Cultural El Duende
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Horizonte


Cierta vez, en un día de invierno, vio cómo los nubarrones se desplazaban formando un bloque compacto, para descargar todo el brío contenido en su pecho sobre las montañas lejanas. Entonces la tierra se estremeció de placer y el verde de las lomas pareció arder en una llamarada oscura. Y mientras miles de bocas sedientas absorbían allí el potente aguacero, frente a él se abrieron los pórticos del cielo y una franja azul de radiante belleza se asomó a contemplar la escena que se desarrollaba a la lejos. El niño sonrío y se dijo: papá y mamá.

Lágrimas de alegría llenaron sus ojos, y corrió hacia la casa, transido de gozo.

Pero ahora era verano.

El campo estaba caliente. Aplomadas tortugas de piel reseca y ojos pequeños y brillantes como ojos de viejos iban y venían, y su caparazón rozaba el suelo produciendo un sonido similar al del arado arrastrado por un caballo. Lagartijas gráciles, delgadas y sinuosas se escurrían entre los tallos de las espigas y la tierra las engullía una tras otra.

Al otro lado del prado se erguía una hilera de cipreses y más allá se extendían las acacias que llegaban hasta las arenas rojizas, las verdeantes colinas y las montañas de color violeta. Entre las montañas de color violeta. Entre las montañas se abría de tanto en tanto un minúsculo valles, y allí se veía cómo el cielo besaba la tierra, despidiéndose, para dejarse llevar por su cortejo de nubes y por las volutas ondulantes del aire.

En las mañanas, cuando abría sus ojos frente a la ventana rodeada de verde, aún se veían las gotas de rocío desprendiéndose de las briznas de hierba y evaporándose sobre el cristal. Descalzo hollaba el césped del patio, humedeciendo las plantas de sus pies con los restos de frescor que ascendían y se perdían en el sol.

Mientras se encaminaba hacia la escuela, situada en la calle principal, se detenía junto a los cercos de acacias para soplar las flores jaspeadas y llenarse los pulmones con su fragancia amarilla.

Un camaleón suspendido de una rama, que enfrascado en sus pensamientos había olvidado cambiar sus colores, abrió una boca rosada y susurrante y se deslizó con presteza cuando el niño extendió su mano para atraparlo.

El globo del sol se asomó al sendero arenoso, para elevarse luego, candente, en el aire matinal. El niño volvió su cara hacia él y parpadeó, permitiendo que le calentara ora la mejilla derecha ora la oreja izquierda, mientras él se quedaba parado ahí, sonriéndole. Por un momento olvidó hacia dónde se dirigía. Pensó desandar su camino para llegar al lugar desde donde el sol sale, allí donde el cielo y la tierra establecieron su morada para tocarse y prodigarse besos e intercambiar sus caricias en silencio, al alba y al anochecer. Pero de inmediato recordó la escuela, al alba y al anochecer. Pero de inmediato recordó la escuela, y los cuarenta niños y niñas que se congregaban diariamente en el aula grande y lo miraban en forma abiertamente burlona, porque era pequeño y diferente. Desganado y apenado le dio la espalda al sol y a la luz que lo bañaba y enfiló en dirección a la calle principal. Pero antes de llegar a ese edificio hostil el sendero le depararía todavía algunas maravillas.

El rosal que crecía junto al banco de piedra en el patio cercano había abierto esa noche tres ojos rojos con los que atisbaba hacia la calle, ruboroso y feliz. El niño se detuvo para contemplarlo, e intimidado también él por ese rojo majestuoso, bajo la mirada, arrullándolo con su voz y sintiendo que su corazón ansiaba abrazarlo y besarlo.

Pasó un carro cargado con cestos de uvas, los racimos rebasando por los costados, sacudiéndose sobre las ruedas aprisionadas en sus aros de hierro y chirriando por el empedrado.

El niño giró la cabeza y sus mejillas ardían. Durante un largo rato siguió con la vista el carro, mientras este avanzaba hasta desaparecer en un recodo, con su estruendo sonoro y con la alegría de la vendimia que había traído consigo, esparciéndola en los racimos verdes y negros que fueron quedando a la vera del camino.

Ahora solo debía pasar delante de dos o tres casas de techos rojos. Desde sus patios lo observarían los álamos con sus altas copas blancas y rumorosas, y los eucaliptos perezosos y fatigados que a veces le hacían cosquillas con la punta de sus hojas afiladas y olorosas. Lanzó una mirada temerosa a la estatua imponente de los árboles, y se escabulló entre ellos hacia la entrada de la escuela y hacia el largo pasillo que recorría el edificio. Solo entonces se percató de que había llegado tarde una vez más, y que desde las aulas se elevaba el murmullo de las clases.

Aflojó el paso y vio en su imaginación los cuarenta pares de ojos, y oyó la voz del maestro que día a día se burlaba de él porque llegaba retrasado y porque era el más pequeño.

"No debimos aceptarte en tercer grado", suele decirle a diario el maestro, con el tono de voz que se emplea al hablarle a los adultos, para resaltar aún más su corta edad.

"No debimos aceptarte, pero nos ablandamos ante tu madre y cedimos a sus ruegos. Tu lugar está en primer grado, solo en primer grado, definitivamente."

Cuando ese día el niño se acercó a la puerta del aula le temblaban las rodillas, y su mano se estremeció al asir el picaporte. Todo estaba sumido en el más completo silencio, y al aguzar el oído le pareció percibir que no había nadie. Se armó de valor y abrió la puerta cautelosamente. El aula estaba vacía.

Dos gorriones que brincaban entre los bancos vacíos salieron volando espantados hacia la ventana, y el golpeteo de sus picos en el vidrió lo entristeció. Pero una paloma silvestre, más sensata, continuó recolectando miguitas muy cerca del escritorio del profesor, y lanzándole cada tanto una rápida mirada, volvía a picotear. La calma de la paloma en ese ámbito que siempre respiraba enemistad le resultó reconfortante.

"Los niños se fueron de excursión –dijo una voz a sus espaldas– a una excursión por todo el día." Era el portero de la escuela, la única persona entre las paredes de ese edificio que nunca se había burlado de él y nunca había buscado pretextos para agredirlo ni para endilgarle reprimendas o sermones.

El niño lo miró sobresaltado, y después de hacer una extraña reverencia cuyo sentido él mimo no entendió, se precipitó al patio y salió nuevamente a la calle.

Sintió que una gran alegría embargaba su corazón, y después de mirar hacia la derecha y hacia la izquierda optó por dirigirse calle arriba, para festejar el día de libertad que le había caído como un regalo del cielo.

Apurando el paso como si se encaminara hacia una meta definida, o temiendo tal vez que lo hicieran regresara a la escuela, ascendió rápidamente hacia el blanco montículo de greda que se divisaba al final de la colonia. A sus pies había un huerto umbrío, en el cual una noria dejaba oír sus latidos día y noche. Y en su cima crecían dos otros arbustos de jujuba, que en invierno daban un dulcísimo fruto. Ahora los arbustos solamente podían ofrecerle al niño u sombra, pero como él no pedía más de lo que se le daba, la aceptó contento y se sentó en medio de ella.

Desde allí y hasta donde los ojos pudieran abarcar se extendían solo campos y franjas de acacias que llegaban hasta las laderas de las montañas. Y los cauces secos que surcaban los campos dibujaban líneas zigzagueantes que se alejaban, como abriéndose camino hacia las verdes colinas.

Y he aquí que frente a {el comenzó una lánguida danza de burbujas de aire, de círculos de luz y de trozos de cielo. Se incorporó y fijó la vista en un ovillo de luz, pequeño y brillante, que flotaba, ascendiendo y descendiendo en el espacio. Lo siguió la mirada, girando la cabeza hasta que esta pareció desprenderse de su cuello, y vio cómo el ovillo de luz desaparecía detrás de uno de los arbustos. Enderezó entonces la cabeza en busca de otro ovillo, y repentinamente regresó aquel que se había escondido, y nuevamente se desplazó ante él. El niño fue bajando su cabeza, y el ovillo de luz desaparecía detrás de uno de los arbustos. Enderezó entonces la cabeza en busca de otro ovillo, y repentinamente regresó aquel que se había escondido, y nuevamente se desplazó ante él. El niño fue bajando su cabeza, y el ovillo deluz fue descendiendo al mismo tiempo. Hasta que los ojos del niño se posaron en el lugar donde se junta el cielo y la tierra, y vio cómo el ovillo era acogido entre ambos.

El niño se propuso conducir hacia aquel sitio lejano las partículas de aire y las astillas de sol, todos esos minúsculos vástagos de la luz, para que el cielo y la tierra se alegraran con ese pequeño obsequio que él les haría llegar. Se regocijarían bañándose en ese derroche de luz y su corazón se calentaría y ardería en una inmensa dicha.

El niño comenzó a acumular la luz en sus ojos para enviarla hacia la lejanía. Las luces inundaban a su paso las praderas doradas transportando consigo algo de su oro claro, y desde las colinas bordeadas de verde se llevaban alguna ráfaga impregnada de humedad, y en los lechos secos de los ríos las luces bailoteaban sobre los guijarros encendiendo chispas blancas y frías.

El sol se detuvo en medio del cielo y la tierra toda comenzó a elevar hacia lo alto capas y más capas de luz. Y el cielo enviaba haces de azul hacia la tierra. El niño, sentado entre los dos, dirigía su juego, mientras su corazón rebosaba augurios de bienaventuranza para ambos.

Hasta que fue llegando el ocaso. El arbusto de jujuba trasladó su sombra al otro lado de la colina. El niño se sonrió, entrecerró los ojos y estuvo a punto de quedarse dormido. Pero de pronto se incorporó y se puso en camino hacia la casa de papá y mamá.

Al día siguiente, cuando llegó a la escuela, el maestro avió el registro de asistencia, y con la vista fija en su interior le preguntó:

–¿Dónde estuviste ayer?

El niño permaneció callado porque no supo qué responder.

–No debimos aceptarse en tercer grado –dijo el maestro, enfatizando cada palabra–. Y como si no fuera suficiente con eso, llegas tarde y faltas a clase días enteros.

Y dirigiéndose a los alumnos:

–Nosotros aprendimos ayer cosas importantes. ¿No es cierto, niños, que aprendimos cosas importantes?

Todos los niños asintieron con sus cabezas mientras observaban con maligna expectación, pendientes de lo que sucedería con el niño.

–Veamos –dijo lentamente el maestro–, te voy a preguntar algo relacionado con lo que estudiamos ayer. Si lo sabes, bien. Si no, te enviaré a tu casa y deberás venir con tu madre.

Todos los niños sonrieron festejando la inventiva de su maestro, y se dispusieron a escuchar.

–Y bien –dijo el maestro plantándose con aire victorioso y agitando frente al niño los brazos que emergían de sus mangas cortas–. Te voy a preguntar el significado de una sola palabra que ayer expliqué muy claramente a toda la clase. Presta atención. ¿Qué es el horizonte?

El niño, sorprendido y anonadado, miró al maestro y permaneció callado.

–¿Sabes qué es el horizonte o no lo sabes? –lo apremió el maestro.

–No –dijo el niño.

–Vete de aquí, entonces. Tu lugar no está entre nosotros.

Y mientras el niño recogía sus útiles y los guardaba en la mochila, el maestro volvió a preguntar en todo festivo:

–¿Quién de ustedes, niños, sabe qué es el horizonte?

Y todas las manos se alzaron al unísono.



Biniamin Tammuz. Rusia, 1919-1989.

De: "Antología del cuento israelí"



tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, Horizonte

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