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Domingo, 23 de septiembre de 2012
LA PATRIA, Revista Dominical
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•  Por: Márcia Batista Ramos - Escritora


Todas las guerras empiezan perdidas… Las guerras son irremediablemente perdidas
Miré la planicie brillante donde todo era horizonte. La planicie tenía un tono celeste blanquecino. La planicie era una gran monotonía. El cielo azul de esmalte fundido era la única belleza. Por lo demás, no se distinguía nada…

Primero contemplé el paisaje sin pensar nada. Nada que pedir. Nada que agradecer.

Después pensé en los miles de kilómetros que recorrí para llegar allí. Los kilómetros representaban los trenes, los paisajes, las fronteras, los aviones, las noches y los días.

Los miles de kilómetros que recorrí para llegar allí, representaban los abrazos, los besos, los amigos, los parientes, las cartas, las llamadas telefónicas, las esperanzas, los sueños y las frustraciones.

Las frustraciones ocupan un espacio razonable en quien quiera que sea. Acumular frustraciones es parte del riesgo de estar vivos. Hay que aprender a convivir con los riegos y abandonar las cargas negativas para que ya no ocupen espacios que podrían ser llenados con cosas mejores.

Es mejor creer en los Santos. Es mejor rezar. Es mejor tener esperanza…

Inaudito amor ese nuestro. Sabes que no te puedo nombrar. Tú tampoco puedes hacerlo. Que las frustraciones no nos unan. Si no hay nada mejor para unirnos, entonces que no nos una nada.

El tiempo guardián de la esperanza.

Miré la planicie brillante donde todo era celeste blanquecino. La única belleza era el cielo de un azul esmalte fundido. Por lo demás, todo era monotonía.

Contemplé la planicie sin pedir nada. Nada que pensar. Nada que agradecer.

Después pensé en la historia de la humanidad hasta aquél momento. La historia de la humanidad se puede contar en guerras. Guerras más visibles, guerras menos visibles. Una guerra eterna que solamente cambia de nombre cuando cambia de lugar.

La historia de la humanidad hasta aquél momento, para mí, se resumió en miles de guerras. Guerras donde hay gente que nace y muere sin jamás conocer tiempos de paz. Guerras donde la gente muere por bombas. Guerras donde la gente muere por falta de pan. Guerras menos visibles, muy personales, muy íntimas de miedo, de esperanzas y frustraciones.

Las guerras son una ciénaga de temores y dudas. Las guerras son una invención humana de una estupidez sin precedentes.

Si fuera posible sería mejor alejarse de todas las guerras. Ninguna tendrá vencedores. Todas las guerras empiezan perdidas… Las guerras son irremediablemente perdidas.

Insólito amor ese nuestro. Los temores y las dudas nos persiguen en las palabras que no dijimos. Mejor olvidar las dudas y las palabras. Mejor olvidar lo nuestro.

Rezar. Creer en los Santos. Rezar hasta olvidar el dolor.

El tiempo desperdiciado entre el horror y el dolor. El tiempo de la impotencia.

Miré la planicie monótona. La única belleza era el azul esmalte fundido del cielo brillante. Por lo demás, todo era horizonte celeste blanquecino.

Contemplé el horizonte sin agradecer nada. Nada que pedir. Nada que pensar.

Después pensé en el futuro que tenía cuando estuve en el vientre. Era el futuro igual que de toda la humanidad. Tan natural el misterio de compartir algo con absolutamente todos los humanos. Era un futuro lleno de esperanzas. Era un futuro incierto.

El futuro incierto desde el vientre. Tal vez desde antes. El milagro de la vida coronado por un futuro errante. La muerte la única herencia asegurada. Todo igual. Igual para mí. Igual para miles y millones de gentes en todo el planeta.

Pero, la gran diferencia reside en la conciencia nuestra de cada día, que hará con que cada uno reciba de manera muy distinta la misma herencia. Aprender, tal vez, sea el precio relativo de todo que ocurre en la vida.

Infrecuente amor ese nuestro. Llegamos al umbral de nuestra historia y apenas sabíamos que nos queríamos. Quererse no era suficiente. Era necesario amarnos.

Confiar en los Santos. Rezar para confiar a ellos los secretos.

El tiempo revelando secretos.

Miré el horizonte, era todo planicie brillante. Además de la monotonía, no se distinguía nada en el celeste blanquecino.

Contemplé el celeste blanquecino. Sin pensar. Sin pedir. Sin agradecer.

Después pensé en los miles de kilómetros separándome de la frontera del entendimiento. No entiendo la eterna guerra en que vive el planeta. Mi ignorancia sobre las guerras me aflige. Y yo que tengo un futuro incierto poco a poco muero por la aflicción.

Si la guerra es muerte. Si el hambre es muerte. Si después, con seguridad, todos morimos. ¿Por qué matar con armas? ¿Por qué matar de hambre?

Pensé que somos todos semejantes. Semejantes para morir de hambre. Semejantes para morir en las guerras demenciales.

También pensé en otros que son semejantes entre sí, para provocar las guerras y el hambre. Estuve segura de que mis semejantes y yo no los envidiamos y que eso a ellos, en su demencia, no les importa.

Extraño amor ese nuestro. Entre la guerra y la muerte esta nuestro amor tan pasajero. No. Así no te quiero. Que no nos una nada y que la muerte no nos separe.

Creer en los Santos con esperanza. Esperanza de que vengan las sorpresas.

El tiempo sorprendiendo el alma del mundo.

Miré la monotonía, todo era horizonte brillante. Por lo demás, la planicie en tono celeste blanquecino donde no se distinguía nada.

Pensé en el alma del mundo. El alma del mundo es muy profunda. Es transparente y limpia. El alma del mundo se manifiesta en todas las partes. Yo la percibo en el silencio del horizonte monótono.

El alma del mundo tal vez esté herida de muerte por tantas guerras. Tal vez se recupere pronto por que tiene esperanza de que el futuro incierto sea mejor. Esperanza de que en el futuro solamente exista el bien.

El bien y el mal residen en cada uno de nosotros. Es una opción muy personal cuál de esos atributos vamos a manifestar. También, cuando lo manifestaremos.

Raro amor ese nuestro. En nuestro amor no existe espacio para que resida el mal. Pero es un amor tan incierto. Tan silencioso. Nos amamos en la monotonía de nuestras existencias tan distintas. Si no nos une lo bello. Que no nos una nada.

Rezar. Creer. Los Santos. El amor.

Tiempo de aceptar lo bueno.

Contemplé el cielo azul de esmalte fundido. Tanto para pensar. Tanto para pedir. Tanto más para agradecer.

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