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Domingo, 15 de mayo de 2011
LA PATRIA, Revista Dominical
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El valor de la prensa

•  Por: Vicente González Aramayo Zuleta


Para la prensa no hay todopoderosos
El valor de la prensa es incontrovertible. Ni un ejército mercenario armado de lo más selecto de armas, podría atemorizar a un déspota como lo haría la prensa, sobre todo escrita. Existen muchísimos casos en la historia de los pueblos en que los hombres, víctimas de alguna grave injusticia, han tocado las puertas donde debe impartirse esa justicia… sin encontrarla. Han chocado contra murallas duras. Pero, esas murallas, aun inconmovibles, que resistieron pruebas con una dureza impenetrable e inconmovible, de pronto de encontraron vulnerables hasta el resquebrajamiento, a los dardos certeros de la prensa.

Nada mejor que un ejemplo que tengo a mano: Lo que he de referir aconteció nada menos que en la Rubia Albion, donde se supone que la flema y demás tópicos de la metafísica, mantiene más o menos transparente la administración de justicia. Sin embargo se sobreponen a principios morales, altruistas y valerosos, pasiones bajas que afloran al canturreo de la fama y la fortuna. Algunos, con el poder conferido por el Estado, se ven en el camino de sus anhelos y ambiciones, entonces esos hombres crecen en soberbia, y por alimentar esa soberbia no paran, mientes, en arrojar a sus semejantes a la hoguera.

Cuando Pablo Burgges pidió a su madre su certificado de nacimiento para optar una nueva cátedra en la universidad, porque ahí se lo exigieron, luego de atravesar la dura barrera que consistía ella, con respecto a un pasado oscuro, tuvo que enterarse de nuevas cosas, como por ejemplo que el apellido que llevaba no era de su padre, sino de su madre…¡Pero porqué no llevaba el apellido de su padre? Supo un día por fin que su padre no había muerto en un accidente en la Argentina, como se le hizo creer, sino que estaba bien vivo, y purgando desde hacía quince años prisión de cadena perpetua en el presidio de Stoneheath, acusado y condenado por el supuesto asesinato de una mujer.

Un célebre fiscal de la Corona, como célebre cancerbero, había subido al pináculo de la fama por éste y muchos casos, en que había hecho el papel de acusador. Si el procurador o fiscal es parte, por el Estado contra un delincuente, naturalmente que su posición es la de acusar a ultranza, aun sabiendo a veces que el acusado es inocente. De otro modo ¿cómo alcanzaría la fama? Un procurador que no consiga la condena de un acusado es el talón de Aquiles de la justicia en este caso, y en los países del mudo, donde se supone que el acusado siempre es culpable, más aún en Inglaterra. Ahí, el fiscal no puede perder, pues es el dedo meñique de la Corona. En este caso Sprott, este el fiscal, o procurador de la reina era impío e inflexible. Sprott cogió al padre de Pablo y le acusó con una prueba endeble, consistente en dos testigos, que si bien estuvieron relacionados con la víctima, no lo estaban con los hechos. El fiscal Sprott gozaba de excelente reputación, tanto en el pueblo como en el Parlamento y, naturalmente en el palacio. Reuniendo todo lo que consideraba prueba contundente e irrebatible acusó fríamente al padre de Pablo, hasta conseguir su culpabilidad y fuera condenado a la horca. Sin embargo la pena máxima le fue conmutada a última hora por la de cadena perpetua, y, es así que cumplía ya 15 años esa sentencia, virtualmente sepultado en un sepulcro para vivos.

El caso estaba tan herméticamente cerrado como un castillo de granito y Pablo se apretaba las manos y se mordía los labios pensando que podría existir algún resquicio, porque ya estaba convencido de que su padre era inocente, pero carecía de fuerza. El fiscal Sprott seguía vivo y saboreando triunfos semejantes, pero aun encontrando pruebas sería como perforar una piedra de granito con una aguja. Sin embargo, a trueque de perder el tiempo se trasladó a vivir a la ciudad donde estaba ese famoso presidio… muy cerca de su padre. Mientras buscaba alguna manera de probar, hizo toda suerte de trabajos, incluso ridículos menesteres. Olvidándose de su casa en Belfast, de su madre, de su cátedra y de su prestancia. Y en cuanto a la prueba era como buscar una aguja en un berenjenal, pero siguió perseverando. Entabló amistad con personas relacionados con la época del crimen, y conoció a Alberto Prusty, y también a Lena quien pareciera que la providencia le había puesto en su camino. Cuando Pablo, ya sin recursos tuvo que acudir a dormir en dormitorios populares y gratuitos para menesterosos, y recibir de un camión repartidor un tazón de sopa y una hogaza de pan, Lena le llevó a su casa, le dio alojamiento y comida. Lena era el genio comprensivo que complementaba su curioso desvarío, es decir, de querer pedir la revisión del proceso que había condenado a su padre. Ya en su lecho, por las noches meditaba también sobre la posibilidad que haya influido en Sprott la nacionalidad de su familia. Eran irlandeses y Sprott británico de cepa

Lena y algunos otros con los que habló del asunto, le explicaron que aun cuando hubiera encontrado las pruebas más fehacientes, era casi imposible, por no decir totalmente imposible, pedir una revisión, principalmente por estar de por medio aún el procurador Sprott, ese hijo de la Corona… Hablaban que recientemente este Sprott había conducido a la horca a una pobre mujer, que había matado a su amante en estado de embriaguez. Según se supo, lo había matado defendiéndose porque el hombre la hacía víctima de atroces palizas. El desalmado procurador de la reina, nunca aplicó atenuantes de la ley penal que los países civilizados del mundo consideran antes de condenar a una persona, pero Sprott debía tener el triunfo de la condena a toda costa, pues fascinaba a los jurados y, para que la reina le permitiera besar su pie. Era una rueda curiosa, mientras más éxitos alcanzaba condenando a infelices, más prestigio adquiría y más favores recibía de la Corona, mayor era su personalidad sugestiva ante los jueces y jurados .Dominaba también el don de la elocuencia.

En vista de que Pablo buscaba algo afanosamente en ese berenjenal, Sprott se enteró e instruyó a la policía vigilarlo, incluso le hizo amenazar de que sería echado de la ciudad y, aunque este fiscal contaba como inamovible lo que había hecho, le inquietaba la actitud de Pablo. Pero parecía para él era una molestia parecida a la que causa un mosquito inoportuno y nada más. Y si Pablo tenía ya evidencias, éstas podían diluirse sin emplearlas: necesitaba algo más. Estaba cercado, sin dinero, sin prestigio, y cuando tuvo la evidencia, en la declaración de un testigo, a quien ubicó buscando por mar y cielo, llegó a saber que ese testigo había falseado la verdad en su declaración. Pablo cometió el error de gritar en una plaza sobré el caso, pero la gente le rechifló como si se tratare de un payaso o un demente que llegó a oídos de Sport, y por esa razón no se inquietó, la chusma le favorecía, no haciendo caso a la perorata de Pablo.

Revisar el caso, para Sprott habría significado la aclaración de muchas cosas y, su derrumbamiento, pero estaba absolutamente seguro que nunca iba a ocurrir y que el tiempo se encargaría de borrar, endurecer, sepultar y pudrir todo lo que se había hecho, de modo que no exista elemento aún fresco para las pretensiones de Pablo Burgges. Finalmente encontró grandes aperturas o, brechas, si mejor cabe el término. Como para revisar el caso, pero, es fácil imaginar que aunque las tuviera, ¿quién iba a aceptar reabrir el caso?... ¿Sprott? si este fiscal era el centinela de la puerta precisamente, y no porque fuera un celoso guardián de la justicia, sino porque debía cuidar su prestigio ante todo, con el celo de un cancerbero de siete cabezas. Era ostensible que Sprott dominaba, pisaba fuerte, la propia policía le temía respetaba, pero existía un hombre , dentro del sistema: el jefe comisario Dale, especie de áulico de Sprott, quien pese a su obsecuencia para con el fiscal, tenía la vaga sospecha de que Rees Márthry había sido injustamente condenado, pero esa duda precisamente le impedía llegar más lejos; y cuando pensaba, sin embargo en esa posibilidad, se encerraba en su caparazón, frente el simple análisis de que era imposible levantar la voz sobre el caso, era para él como pretender cambiar el curso de un río, y Sprott era un genio y moviendo un dedo podría aplastarle.

Pablo Burgges, hijo de Rees Márthry había trabajado febrilmente, considerando que no estaba soldada la tapa, Estaba decidido a probar la inocencia de su padre, aunque en ello se orille en un abismo. Su perseverancia tuvo sus frutos, porque las personas a las que buscaba siendo tan impenetrables de principio, fueron abriéndose poco a poco hasta mostrar las evidencias de que Pablo buscaba, analizaba, ataba cabos, deducía, con la constancia de un químico que buscaba la fórmula precisa. La mujer que había sido asesinada, supuestamente por Márthry, en circunstancias curiosas, lo fue por alguien que ostensiblemente había sido zurdo, porque existía una nota escrita, que los grafólogos llegaron a saber que había sido escrita con la mano izquierda. El fiscal Sprott, como había asegurado el proceso y la condena contra Rees, en las audiencias, durante el proceso pareció no haber conocido ese detalle, o no haberle dado importancia, que ahora emitía luz con claridad meridiana, recordó que imprimó fuertemente el acelerador de lo que él llamó justicia, exponiendo por entonces ante el jurado, pero luego, ante los avances de Pablo, ahora podría ser su talón de Aquiles. Pablo buscó al zurdo, pero también con riesgo de perder el tiempo. Se enteró que un tal Oswald, que había sido amante de la mujer asesinada, y de quien la gente aún hablaba, era un filántropo que por las tardes regalaba escudillas de sopa caliente y pan a los necesitados como él, le pareció relevante esa casualidad y fue a buscarle para observarle, ver cómo empleaba la mano izquierda, En efecto, su satisfacción tuvo límites cuando comprobó que Oswald era zurdo. Con esto y otra serie de datos contundentes, llegó a la conclusión de que no había ya dudas. Oswald era el asesino de su amante Mona Spurling. Todo encajaba perfectamente; el rompecabezas estaba completo, pero ése no era el problema, sino la impermeabilidad de la justicia, mientras el caso era tomado como cierto y justo por obra y gracia de Sprott. Dentro en ese punto que causaba impotencia, Pablo entró en depresión y hasta se enfermó…!No había forma de perforar la muralla¡ Sintió abatimiento de no creer posible mitigar la pena de su padre, tomando en cuenta los 15 años de prisión gratuitos. Muchos días estuvo en cama con fiebre y fue atendido por Lena, su ángel guardián. Pero sucedió algo inesperado. Como si brotara de alguna dimensión insondable, surgió otro ángel justiciero: Lena le tenía la sorpresa. Le presentó a Lucero Alfonso Dunn, quien se había interesado en el caso de su padre. Dunn trabaja en "La Crónica", un diario de gran circulación y prestigio de Irlanda, era inteligente y perspicaz. Era el instrumento que faltaba: la prensa, esta abrió la brecha en el muro impenetrable, es que la prensa no tiene simples alfileres como el pobre Pablo, las armas de la prensa pueden más eficaces que misiles y comenzó la labor de horadación. Entonces es fácil imaginar que esa estructura llamada Mateo Sprott, Procurador de su Majestad, comenzó a resquebrajarse como si fuera una cáscara de huevo.

Se demostró que para la prensa ya no hay todopoderosos y el caso tuvo que reabrirse. Durante el proceso de reapertura, Sprott ya no era el mismo, ni el juez que había juzgado a Márthyi, ambos se mostraban como frágiles criaturas, que tienen que afrontar una gran prueba sin poder huir... hacerse gas, como habrían deseado, pero estaban atrapados en la garras de la verdadera justicia. Para magistrados ingleses una falla semejante puede ser causa de suicidio, incluso.

La prensa y varios libros sobre el caso describen, uno de ellos A. J. Cronin, muestra a un fiscal derrumbado, pues Marthry fue liberado de inmediato y fue indemnizado por la Corona con 5.000.-libras esterlinas (unos $us. 23.000.-) aproximadamente.

El caso que acabamos de conocer enseña algunas cosas importantes. En todas partes pueden cometerse errores judiciales, que pueden ser por ignorancia, falta de preparación de abogados, jueces y magistrados o, por malicia y corrupción. Sólo que si es en nuestro país, ni siquiera se pide disculpas, menos indemnización, existiendo este tópico en el Código Penal: (Caja de Reparaciones Art 94-2). Existen también grandes influencias que impiden que la justicia brille con toda su majestad, que existen hombres malvados, envidiosos, de poca calidad humana que se encaraman en una fortaleza inexpugnable, cuyo afán es a veces pisar a cualquiera con tal de acomodarse en un buen cargo o mantener su prestigio y puede ser a costa de un inocente. En este relato, parece que Sprott trató de proteger a Oswald, el verdadero asesino y, buscó una víctima propiciatoria a mano que resulto el padre de Pablo. Oswsld, creyó estar ya galvanizado, pero porque la justicia había condenado a otro en su lugar, y le quedaba el terrible ácido que diariamente le corroía la conciencia y, como era rico quiso quedar en paz con su conciencia, de ahí que repartía sopa y pan. Pablo mismo se sirvió de esa filantropía, y cuando tuvo a Oswald en su mano, como causante de la desgracia de su padre, le dejó huir, creyendo que de ese modo pagaba la sopa y el pan que había recibido varias veces. No obstante se supo que Oswald se había suicidado, poco después.

De Márthry no se supo nunca más. Desapareció como capullo de achicoria cuando lo lleva el viento. Como se verá la artillería de la prensa tuvo más poder que la artillería de Sprott, aun siendo el Procurador de su Majestad.



BIBLIOGRAFÍA:

J. CRONIN. El caso de Rees Márthry.

(*) Abogado, Miembro de Número de la Academia de Ciencias Jurídicas, escritor, miembro de SOBODE, investigador historiador miembro de UNPE, ex catedrático de varias disciplinas en la UTO., y cineasta.

tags: La Patria, Noticias de Bolivia, Periodico, Diario, Newspaper, El valor de la prensa

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