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Domingo, 19 de octube de 2014, Revista Dominical
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El sacerdote y la dama

•  Por: Víctor Montoya - Escritor


En la época de la Real Audiencia de Charcas, un sacerdote fue destinado a trabajar en la iglesia de un remoto pueblo fundado en nombre de Dios y del rey de España. Su misión consistía en convertir a los indígenas al cristianismo y expandir la colonización en las tierras conquistadas, donde abundaban los ricos yacimientos de oro y plata.

Nadie sabía cómo se llamaba ni cuál era su país de origen, excepto el dato de que llegó al pueblo una noche de tempestad, tras salvarse de un rayo caído cerca de los cascos de su caballo, que se alzó relinchando sobre sus patas traseras, en procura de evitar que su jinete muera en un recodo del camino.

Los pobladores, sin oponer resistencia alguna, asistían a las misas celebradas por el sacerdote, a quien consideraban un servidor de Dios y un hermano en quien depositaban toda su confianza; más todavía, los feligreses iban a la iglesia no sólo para cumplir con su fe, sino también para confesar sus pecados.

El sacerdote, de tez rojiza y vigorosa corpulencia, vestía siempre con una sotana provista de grandes mangas y un capuchón de tela blanca, como símbolo de inocencia y santidad. En los pies, cubiertos de pelos parecidos a los del jabalí, calzaba unas sandalias espartanas y llevaba un cordón que él se lo ajustaba a la cintura, mientras repetía la siguiente oración: "Ceñidme, Señor, con el cíngulo de la pureza y extingue en mi cuerpo el fuego de la sensualidad, para que posea siempre la virtud de la continencia y de la castidad".

Todo parecía normal en su apariencia de sacerdote, salvo que cuando celebraba la misa, tenía los ojos encendidos como el rubí y sobre la sotana una cruz roja que parecía hecha de fuego. Los feligreses, aunque cuchicheaban sobre estos detalles al salir de la iglesia, lo tenían en sumo respeto, ya que durante la Real Audiencia de Charcas, la autoridad de un sacerdote era tan reverenciada como la de un corregidor al servicio de la Corona española.

Así pasó un tiempo, hasta que apareció en la capilla una dama de ascendencia criolla, guapísima como una diosa y elegantemente vestida, con una mantilla de seda cubriéndole la cabeza y parte del rostro, un collar de piedras preciosas entre sus abultados pechos y un vestido de talle angosto, mangas abullonadas, altos puños de encaje y un escote entreabierto que dejaba ver el brocado de su prenda interior.

El sacerdote, apenas la vio contonear su cuerpo juncal y mirar por doquier con sus ojazos de color esmeralda, se quedó sin aliento por un buen rato, como si la saeta del amor le hubiese atravesado el corazón. Sintió una súbita sensación de enamoramiento y no demoró en averiguar el estado civil de quien lo enganchó a primera vista.

Así supo que era la viuda de un caballero de noble cuna, diez años mayor que ella. Supo también que el caballero disponía de una considerable fortuna, gracias a la explotación de una mina de oro, y que murió durante un duelo, al que le retó un desafiante que, como todo amigo de lo ajeno, quiso hacerse de las pepitas de oro, que el marido de la dama llevaba en una taleguita sujeta al cinto. Pero como éste no estaba dispuesto a perder pacíficamente el oro ni la vida, aceptó el reto sin mayores preámbulos.

Una vez que los oponentes se ubicaron espalda contra espalda, caminaron un número prefijado de pasos, hasta detenerse en el punto indicado. Luego giraron sobre el tacón de sus botines de cuero y se pusieron frente a frente, con sus pistolas cargadas en la mano; instantes después, se oyeron las detonaciones de las armas; uno de los dualistas cayó inerte, con el cráneo destrozado por el proyectil que le penetró por el ojo izquierdo, mientras el otro quedó de pie, soplando el cañón humeante de su pistola, que era de corto calibre y cacha repujada a mano.

Los testigos presentes en el acto, donde corrió la sangre y el aire se impregnó de pólvora, relataron que el duelo no se debió a razones de honor, sino a una riña por un puñado de oro, porque el desafiante, un aventurero ávido de riquezas, se acercó al cuerpo sin vida y, antes de arrojarlo en el caudaloso río, le sustrajo su anillo de oro macizo, un brazalete y un collar del mismo metal. Así fue cómo el marido de la dama, un caballero de armas llevar, perdió el oro y la vida de un solo tiro.

La tercera vez que la dama asistió a la iglesia, el sacerdote, al ver que estaban solos después de la misa, la abordó con mucha astucia, atrapándola con su poder de seducción y el encanto de sus palabras nacidas desde el fondo de su corazón. Ella le habló con acento andaluz y, envilecida como estaba por ese fornido cuerpo, cayó redondita ante sus coqueteos e insinuaciones. Por eso le confesó que no tenía galán ni pretendiente. Entonces el sacerdote, sin perder más tiempo y tomándola por el talle, la acercó contra su pecho y le quemó los labios con el fuego de sus labios. Ella se quedó atarantada por un instante, pero luego accedió a las caricias que le despertaron su sensibilidad hecha de pasión y de fuego.

El romance entre el sacerdote y la dama se puso en marcha, a ocultas de los feligreses y viéndose sólo por las noches en un pequeño dormitorio anexado a la iglesia, donde la hizo suya por primera vez. La puso de cara contra la pared, le levantó el vestido y le bajó los bombachos de encaje, acariciándole las piernas y las nalgas, hasta que él, levantándose el hábito monacal que le cubría hasta los talones, la penetró con tal violencia, que la dama se quejó como nunca, mordiéndose los labios y apretando los ojos, como si estuviese con un hombre que llevaba al demonio bajo la piel.

Al término de la cópula carnal, que los hizo conocer el infinito entre gemidos de placer, la dama se subió los bombachos y se arregló el vestido; en tanto el sacerdote, ofreciéndole disculpas por su monstruosa virilidad, procedió a secarle las lágrimas con la estola, esa suerte de bufanda que él llevaba alrededor del cuello cada vez que oficiaba misa, nada menos que en el mismo recinto donde empezó a desatar sus desaforadas perversiones.

La conducta pícara del sacerdote llegó al extremo cuando, enterado de la fortuna que la dama heredó de su difunto marido, le pidió un cofre lleno de oro a cambio de liberarla de todos los males de su alma. Ella no dudó en entregárselo, como quien cumple con una obra de caridad en beneficio de la santa Iglesia y el sacrificado oficio de un sacerdote destinado a un remoto pueblo para abolir el paganismo ancestral de los indígenas y divulgar los buenos propósitos del cristianismo.

Todo era miel sobre hojuelas para ambos, lejos del glamour de las familias aristocráticas de la época, hasta que un día el sacerdote, que ignoraba que su amada era de cascos ligeros y llevaba una doble vida, se informó por boca de una feligresa chismosa, quien, a tiempo de confesarse, le contó que la dama mantenía relaciones impúdicas con un mozo de buen abolengo, afamado como Don Juan por sus amoríos con las doncellas más apetecidas de la región.

El sacerdote, ante la inminente infidelidad de su amada, se quedó en silencio y con el corazón partido. Apartó a la vieja chismosa del confesionario, pidiéndole rezar tres Avemarías para redimirse de sus pecados, y se retiró al sótano de la iglesia, donde se vació toda una bota de vino añejo.

Por la noche, cuando la dama tocó la puerta lateral de "la casa de Dios", el sacerdote, poseído ya por el demonio de los celos, la hizo pasar sin besarla ni saludarla, y la condujo a empellones hasta el dormitorio, donde tenía pensado segarle la vida; sacó una daga del armario donde guardaba sus hábitos y los ornamentos sagrados, y, sujetándola por el cuello, le ensartó en el flanco izquierdo del pecho.

La dama, consciente de que estaba a punto de entregar su alma al Creador, le confesó, arrepentida y con gran remordimiento, que lo sentía mucho por haberse entregado a otro hombre y haber incurrido en el pecado de la carne. El sacerdote sólo movió la cabeza y, con los ojos encendidos al rojo vivo, dijo en un tono de reproche: ¡Tú no mereces el perdón de Dios ni del diablo!

Acto seguido, dejándose dominar por una furia endemoniada, levantó el cuerpo agonizante sobre sus hombros y lo cargó hasta la capilla, donde lo escondió emparedándolo entre dos muros de medio metro de espesor, para que nadie supiera dónde se metió o qué rumbo tomó.

Poco después desapareció el sacerdote, sin anunciar a los feligreses el motivo de su partida. Alguien dijo que lo vio salir del templo a la medianoche, montar a su caballo y alejarse del pueblo, con las alforjas llenas y la capa tendida al viento. Tampoco faltó alguien que afirmó que el sacerdote no era un siervo de Dios, sino el diablo disfrazado de cura, con una sotana que escondía su origen maligno y un crucifijo de fuego colgado a la altura del pecho.

La iglesia quedó abandonada a su suerte y ningún otro sacerdote puso sus pies en el pueblo, así que los vecinos empezaron a ver el fantasma de una mujer que, en las noches de tempestad, aparecía delante del pórtico, cubierta por un manto negro, antes de deambular por las calzadas, arrastrando penosamente unas cadenas enganchadas a los pies y las manos, como si con ello arrastrara también el dolor de sus pecados.

Algunas veces, los peatones más osados que cruzaban por la desmantelada iglesia a altas horas de la noche, relataban que en su interior se oían cantos sacrílegos y terribles lamentos de una mujer. Eso sí, nadie sabía con certeza de quién se trataba, aunque todos coincidían en que el fantasma se parecía a la dama que desapareció de un modo enigmático, poco antes de que el sacerdote hiciera lo mismo.

Un siglo más tarde, los pobladores de aquel remoto pueblo de la Real Audiencia de Charcas, fieles a su fe cristiana, solicitaron a las autoridades la restauración de la iglesia que estaba en ruinas, no sólo para reiniciar la celebración de las misas, sino también para liberar a los pobladores del fantasma de la dama que deambulaba por sus alrededores en las noches de tempestad.

Cuando los albañiles empezaron a demoler el grueso muro de la capilla, el único que se mantuvo intacto de la antigua construcción, se quedaron aterrados al ver que allí había un esqueleto suspendido por unas cadenas pendientes de dos argollas adosadas al muro; es más, en el mismo lugar hallaron las elegantes prendas de una mujer y una daga de plata atravesada entre sus costillas.

Una vez realizadas las investigaciones y los cotejos correspondientes, se determinó que la osamenta pertenecía a la dama desaparecida y que el presunto homicida era el sacerdote, quien, a manera de castigo y venganza, la emparedó por haberle sido infiel con un mozo diez años menor que ella y porque no supo guardar su honra ni el respeto por su difunto marido.

Concluida la restauración del recinto sagrado, los pobladores constataron que el fantasma de la dama, quien por mucho tiempo permaneció emparedada por los celos de un sacerdote que no soportó su traición, desapareció de la iglesia junto a su esqueleto que recibió una cristiana sepultura en una tumba cerrada a cal y canto, donde acudían las mujeres infieles, con el propósito de rendirle pleitesía y suplicarle que las proteja bajo su mantilla de seda, para que sus maridos no descubrieran sus amoríos secretos con los amantes que, si bien no prometían segundas nupcias, al menos devolvían las ilusiones perdidas y reavivaban las llamas del amor que sus maridos convertían en cenizas.


El alma en pena de la dama seguía en los predios de la iglesia

El sacerdote apareció y desapareció en un remoto pueblo colonial

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