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Domingo, 19 de enero de 2020
Por: Dehymar Antezana Periodista LA PATRIA, Revista Dominical
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Saludo al Alba

El lucero de la mañana


Salud!, ¡salud! Se escuchan cómo las latas de cerveza chocan entre sí y giran como si estuviesen en un carrusel, de mano en mano, llegando incluso a gente que no se conoce.

Es muy temprano, un poco después de las cuatro de la mañana, ha llegado la hora de levantarse y madrugar, quizá sea el único día del año que se haga ese sacrificio, pero vale la pena para vivir una de las experiencias más inolvidables de la vida, es apenas los primeros años de la década del 90 del siglo pasado.

La desesperación aumenta con el paso de la hora, para llegar hasta el atrio del Santuario de la Virgen del Socavón, la cita puede ser con amigos, con familiares, con la pareja o finalmente si nadie quiere acompañarlo, hay que irse solo, al menos así era la premisa.

Horas antes de ese día, en Oruro, la Capital del Folklore de Bolivia, se había vivido uno de los momentos más esperados del año, participar como expectante o danzarín en la Entrada del Sábado de Peregrinación en honor a la Virgen del Socavón. Ver la magnificencia del Carnaval de Oruro en todo su esplendor, fue sin duda una experiencia sinigual.

Ese recuerdo aún estaba latente en la mente, incluso a la hora de ir a dormir o más allá, en lo profundo del mundo de Morfeo. Diablos, morenos, tobas, caporales, tinkus, entre muchos otros más invadían el pensamiento de saber que estábamos viviendo en otro planeta.

En fin, una vez conscientes, de prisa a vestirse, salir acompañado o solo, no había diferencia, lo importante era llegar al Socavón. No éramos los únicos en ese afán, había mucha gente en la calle, los más estaban vestidos con su ropa de Convite, principalmente quienes bailaban en la morenada.

No había taxis, todos estaban llenos y en algunos casos se disputaban en abordar alguno. - "Ya pues maestrito, ayúdame a subir las ollas, debemos estar hasta antes de la salida del sol, me van a reñir los de mi Cofradía" - se escuchaba a una señora hablar a voz en cuello, el chofer asustado por el tono, le hacía caso y desestimaba a sus otros pasajeros.

En la calle también se observaba a paso raudo a decenas de músicos, para esa hora, en la que aún el frío era el amo de la jornada. Estaban muy bien vestidos con el uniforme de sus organizaciones musicales, entre manos, sus instrumentos. Era como si día antes no habría pasado nada, pese a que tuvieron un día intenso alegrando el Carnaval de Oruro con sus melodías.

Una vez arriba, la gente se apoderaba del escenario que por décadas había sido vital para saludar a la Virgen del Socavón, con los primeros rayos de sol del día siguiente al Sábado de Peregrinación.

Los músicos de las distintas bandas se fueron acomodando en las gradas del atrio con vista al Este, todo ese lugar era suyo, la gente lo entendía de esa manera y no invadía ese espacio.

SALUDO

Eran casi las cinco de la mañana, era verano, y si bien aún la sombra nocturna poseía la ciudad, se comenzaron a escuchar los primeros arpegios de las dianas. Primero una banda de música, luego otra y otra, hasta completar a todas las que fueron ese día. Era un contrapunteo que se escuchaba ante el delirio del público que vivía con emoción cada momento.

Era indiscutiblemente una experiencia religiosa, vivida al modo de cada persona, principalmente orureños, que tentaban a los foráneos para sentir lo impensado.

Luego de las dianas, se hacía presente la "reina del alba", la morenada. En el atrio se posesionaban las bandas de música de la morenada Zona Norte, Central Oruro, Central Oruro fundada por la Comunidad Cocaní, Mejillones, Ferrari, principalmente.

Todas esas melodías características a cada conjunto se apoderaban del silencio de la madrugada que reinaba en la ciudad, era el saludo mágico, pero apenas era el inicio.

Las bandas de música no estaban solas, estaban acompañadas de los danzarines que participaban en esos conjuntos folklóricos, pero también estaban las cofradías de esas instituciones, que metros más adelante o en los alrededores se acomodaban para alistarse y repartir el riquísimo K´alapari, que no era más que una sopa hecha en base a maíz, como una especie de lagua, acompañada de papas blancas cortadas de tamaño interesante y no podía faltar la riquísima llajua, que haría despertar incluso a los muertos.

Mientras la música salía de los instrumentos de metal, característica de esos conjuntos folklóricos de la especialidad morenada, se escuchaban también los cánticos que salían de miles de gargantas, que sin ser parte de esas instituciones, se unían al unísono para transformase en un coro improvisado que sacaba más de una lágrima de los ojos de propios y extraños.

Muchas veces bolivianos radicados en otros países, no se perdían ese espectáculo, porque les encantaba sufrir al ser tocados en sus fibras más íntimas, con los recuerdos de su vida en Oruro, en Bolivia, y vivir a flor de piel la riqueza de su cultura.

ESPECTÁCULO

Baile, cánticos, música y el ¡salud!, no podía faltar. Chocar las latas de cerveza o del infaltable sucumbé hacía que todo parezca como una historia escrita en un libreto. Lágrimas, besos y abrazos se apoderaban de ese momento, realmente era sólo para quienes querían sentir esa sensación de estar en el paraíso, para disfrutarlo y grabar cada segundo en la memoria de los corazones.

Pero aún faltaba, la fiesta no estaba completa, no era nomás estar presente por bailar, cantar, comer o beber, era para esperar la salida del astro rey y con ello saludar al "lucero de la mañana", la Virgen del Socavón.

El Alba había destronado a las sombras nocturnas y su reina, la morenada, continuaba siendo la dueña y señora de la celebración. Prácticamente ya se podía divisar con la vista más allá de las narices, ya estaba prácticamente claro el día, pero aún faltaba la salida del sol.

Si bien el calor estaba presente, por la danza, de repente un frío estremecía el alma, el señor Sol, se alistaba para regalar con sus rayos esa energía inexplicable que iba a alimentar el alma de los ocasionales mortales, esperando ser tocados con esa luz mágica.

Era como esperar un Año Nuevo, pero sin contar los segundos para recibirlo, y cuando menos se esperaba, los primeros rayos ya caían sobre la muchedumbre, que esperaba con las manos hacia arriba y las palmas con dirección al Este para ser bendecidos de alguna manera. Algunos creyentes se persignaban con mucha fe, en señal de devoción a la Madre de los orureños, la Virgen del Socavón.

Era un júbilo sin precedentes, el corazón latía a mil, quienes ya estaban poseídos por el alcohol, sólo lloraban de emoción sabiendo que tal vez sería la última vez que verían ese espectáculo.

ALBA

Era el saludo al Alba, una tradición que ahora sólo vive en nuestros corazones y fue extinguida por una falta de organización y disposiciones que las autoridades de turno no lo entienden, porque nunca se comprometieron con su tierra, nunca asumieron un rol de empoderamiento de sus creencias, costumbres y tradiciones.

Hoy solo está presente en nuestra mente y en nuestro corazón. La hora era el peor enemigo de la cita, pasaba rápidamente y en medio de ello, los platos del k´alapari circulaban ante la mirada de quienes la deseaban, pero que también lograban probarla, sin ser parte de la cofradía o del conjunto que la ofrecía, porque lo importante era compartir.

La morenada seguía sonando, pero como si fuese las doce de la media noche, como la Cenicienta, había que retirarse del lugar, sin embargo apenas eran las ocho de la mañana.

Una a una, las bandas de música iban abandonando el lugar. Los músicos se daban modos para pasar en medio de la multitud, tocando aún. Los danzarines iban tras de ellas, bailando y los extraños también iban detrás de las bandas, bailando.

Antes se bajaba del Socavón hasta las sedes de los conjuntos o las casas de fiesta donde se preparaban platillos y se repartía cerveza, como una forma de tomar valor para participar durante la entrada del Corso del Domingo de Carnaval.

Con el tiempo, las bandas de música tocaban unas dos o tres cuadras más y luego irrumpían con su silencio y se iban.

Después del año 2000, el Alba tuvo que trasladarse hasta la Avenida Cívica, los músicos se apoderaban de las graderías vacías para ofrecer al público un concierto inédito, con morenadas, que si bien era la reina, fue destronada por la cueca "Viva Mi Patria Bolivia" y también el huayño "Viva, viva Mi San José" y después por un mix de diabladas. Si bien la alegría y la emoción, continuó reinante, el sentido del Alba prácticamente se había perdido, porque el escenario no era el mismo.

La Banda Continental fue una de las últimas de ofrecer su saludo al Alba, que fue interrumpida a eso de las 08:00 horas por los trabajadores y equipo motorizado de la Empresa Municipal de Aseo Oruro (EMAO).

En fin, ¡Qué tiempos aquellos!, no volverán jamás, pero ya lo vivido nadie lo quita y perdurará para siempre, en el fondo de los corazones.







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