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Domingo, 24 de enero de 2016, Revista Dominical
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El fetiche de la abundancia

•  Por: Rosmeri Aguilar Aguilar


El diosecillo de la abundancia
"Alasita, a la plena, Alasita, rebaja casera; Alasita, a la vida, sé que el Ekeko cambiara mi vida…", con esta breve estrofa de la canción de Manuel Monroy Chazarreta conocido como el "Papirri", centenares de creyentes en todo el país le rinden honores al Dios de la Abundancia, considerándolo como el talismán de la suerte, que en su amplia sonrisa y con los brazos abiertos ofrece bienes materiales y colma de esperanza al más deprimido, cada 24 de enero a las 12:00 horas del mediodía.

"La Alasita, palabra aymara que significa "cómprame para sí", es la festividad donde la gente compra sus deseos hechos en miniaturas, sean casas, automóviles, terrenos, pasaportes, visas y un extenso etcétera.

Cuando el calendario marca 24 de enero de cada año, el país se cubre de un ambiente en miniaturas donde se conjugan esperanzas, sueños y anhelos que son buscados por personas. Esta tradición conserva misticismo porque antes del mediodía, las compras ya deben estar hechas para que cuando las campanas del yatiri suenen; familias, parejas y amigos se apuesten a su alrededor para ofrendar lo comprado.

La Feria de Alasita es una organización económica que contiene al mercado, a la reciprocidad y a la redistribución. En ella confluyen ofertantes y demandantes que realizan las transacciones de compra y venta de miniaturas. Que después de esta transacción son consagrados mediante un ritual especial, por el que quedan transformados en illas, objetos simbólicos que expresan una imaginaria solución de la escasez.

Bajo dos premisas la Alasita es: a) plaza de mercado, es decir un lugar donde se venden y compran mercancías, y b) encuentro de las ofertas y las demandas individuales que determinan el precio de una mercancía. Pero en este mercado singular se venden y compran productos que no satisfacen necesidades, sino fortalecen imaginarios, al tratarse de bienes simbólicos.

LA LLEGADA DEL EKEKO

Como despedida hecha a prisa y epílogo dolorido de aquel idilio sin esperanza, en la última entrevista que logró tener Isidro Choquehuanca, que tal se llamaba el galán, entregó, como desesperanzado símbolo de su cariño a la indiecita Paulita Tintaya, un pequeño amuleto de yeso que él mismo había fabricado y que, según la añeja tradición de sus congéneres, era el fetiche que velaba por la felicidad de quienes ponían en sus manos diminutas el secreto de sus afanes.

Para confeccionarlo según sus ritos y de acuerdo a sus particularidades deseos, Choquehuanca había tratado de reproducir en la estatuilla la figura de su amo, el "chapetón" Rojas, hombrecillo pequeño y regordete, de rostro enrojecido, color que había logrado imitar con unas pinceladas de airampo; además había procurado darle una cara risueña y bonachona.

El improvisado artífice se había empeñado en representar en el muñeco al señor de Rojas porque él era precisamente el ser omnipotente de quien dependía el destino de los jóvenes enamorados y le había dado apariencias bondadosas para que, así benigno fuera para con ellos.

Luego, siguiendo las supersticiones raciales le había adornado con varias pequeñas prendas adecuadas en el tamaño; bolsitas con alimentos, pequeñas prendas de vestir, instrumentos de labranza, en fin, todo lo que en calidad de bienes materiales, puede completar la felicidad de un hogar con el que el joven Choquehuanca proyectaba formar para gozar del cariño y de la fresca juventud de Paulita.

Después de una tarde estremecida de caricias el quedóse pesaroso y ella estrechando en el cálido seno el fetiche, se marchó a la ciudad a cumplir sus nuevos deberes. Pero mucho tiempo pasó en que Paulita e Isidro esperaron que el Ekeko, obrara el milagro de rehacer su malaventurado idilio. El hada, no solo actuó favorablemente sino que hizo más inasequible toda esperanza.

LAS PROVISIONES MÁGICAS DEL FETICHE INDÍGENA

Tres meses llevaba ya la denodada ciudad de La Paz absolutamente aislada del mundo. El hambre y la muerte eran tan horrendas que sólo un heroísmo y una tenacidad sobrehumanos pudieron sostener a la villa sin acudir al humillante y doloroso recurso de la capitulación.

Empero, en medio de ese cuadro de desolación y de angustia, existía el rincón de una pequeña vivienda en el que por un caso inexplicable, se ocultaban pequeñas provisiones que, luego de ser consumidas al cabo de unos días por su dichosísima poseedora, eran renovadas como por arte de magia.

La envidiable propietaria de ese tesoro era ni más ni menos que Paulita. La moza que guardaba y consumía secretamente sus provisiones en un rincón de su pequeña y obscura habitación de la casa en la que servía. Al pie de la tosca hornacina en que había colocado el Ekeko, que le diera Isidro había escondido los alimentos, envolviéndolos en unos "taris" y cubriéndolos con ropas y otros enseres sin importancia, según Antonio Díaz Villamil.

Ahí tienes el amuleto que nos ha permitido vivir en medio del hambre de tantos meses. Lo he colocado allí para que siga prodigándonos su favor y para que sea un feliz augurio de tu boda, estos deseos llegaron de la esposa del Brigadier quien agradecida con Paulita le recordó que su fetiche fue la salvación de la ciudad.

EL FETICHE DE LA SUERTE

"El Ekeko, que quienes lo adquieran y lo llevaran a sus hogares tendrían un amuleto para su buena suerte". Ya ves, Paulita como no ha sido en vano que pusiéramos nuestro amor en manos del Ekeko. Por el tenemos hoy la felicidad que ya creíamos perdida. Al oír todo esto, Paulita pensó que lo que en principio fue únicamente una mentira, ahora, se había tornado en una ferviente convicción, que no podía ser otra cosa que una merced del pequeño hombrecito de yeso, citó Villamil en su libro titulado "El Ekeko".

Así es que tomó en brazos al Ekeko y estrechándolo fuertemente contra su seno, tal como aquel día de su penosa despedida, lo llevó sobre su corazón.

EN LA ACTUALIDAD EL EKEKO

Las tradiciones que giran sobre el rey pequeño de la feria típica, para unos era la fuente de recursos contra el hambre y la miseria, para otros, el bondadoso idolillo que concebía la felicidad.

Esta es una tradición indígena que pasó a la categoría de una simpática superstición, impregnada de optimismo que se difundió entre todas las layas que tuvieron cuna o techo en el solar paceño.

El recorrido que atravesó y atravesará el Diosecillo de la abundancia, parece tener un futuro prometedor aún dentro las tradiciones, costumbres y las leyendas que sobre él, giran cada veinticuatro de enero.




Auténtico ekeko de la suerte de origen boliviano

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