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Domingo, 31 de mayo de 2015, Revista Dominical
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El fatal destino de la joven palliri

•  Víctor Montoya - Escritor


I

Cuando la joven palliri decidió ingresar a la mina, con la ilusión de ganar un mejor salario, escuchó una advertencia en boca de su madre:

- Las mujeres espantan las vetas, m´hijita.

- Esas son habladurías, puras habladurías -dijo ella, sin prestarle mayor atención-. Los hombres han inventado esas supersticiones para evitar que las mujeres les hagan competencia. Ellos están acostumbrados a mantenerlas encerradas en casa, alejadas de cualquier trabajo donde puedan ganar su propio dinero y ser independientes. Lo único que los machos quieren es que las mujeres les atiendan como sus sirvientas, con la cabeza agachada y la boca cerrada.

- No es por eso, m´hijita -insistió la madre-. Aparte de que las lágrimas y la menstruación de las mujeres pueden espantar las vetas, el Tío puede enamorarse de ellas, y con ello causar muertes y accidentes, porque la Pachamama y la Chinasupay, sus fieles concubinas desde siempre, actuarían como hembras celosas, dispuestas a acabar con sus rivales.

- ¡Bah! No digas esas zonceras, mamá. Las mujeres no pueden hacer desaparecer las vetas y, mucho menos, llamar la atención del Tío. Si yo decidí entrar a la mina, es porque quiero dejar de ser Palliri, trabajar diez horas al día, seis días a la semana y ganar una miseria.

La madre no dijo más nada, se dio la vuelta y se metió en la cocina, ese humilde rincón de su casa, donde preparaba la comida y tejía chompas de lana para ganarse el sustento de vida; labor artesanal a la que se dedicaba desde que quedó viuda y con una sola hija.

La joven palliri, de singular atractivo, estatura mediana y temperamento indomable, estaba consciente de que el trabajo en el interior de la mina era altamente riesgoso y agotador, pero, aun así, estaba predispuesta a dejar los desmontes, donde había que estar expuesta a la intemperie, haga calor o haga frío, picando las rocas con martillo y con la única esperanza de encontrar restos de mineral.

Ella no quería terminar sus días como las palliris más antiguas, quienes dejaron su juventud e ilusiones en los desmontes y relaves, a cambio de un trabajo mal remunerado, que las encorvó y envejeció prematuramente. Cómo no iban a acabar así, si tenían una bola de coca en la boca en lugar de pulmosan, las pestañas legañosas a falta de lentes de protección y las manos como únicas herramientas; por eso algunas tenían las uñas resquebrajadas, los dedos torcidos y la piel gruesa como el cuero curtido por el sol.



II

El día en que la joven palliri debía ingresar al paraje asignado por la gerencia de la empresa, se levantó con la sirena del sindicato, que siempre ululaba a las cinco de la madrugada, y se vistió con las ropas de minero que heredó de su padre, poco antes de que él falleciera vomitando sangre en una camilla del Hospital Obrero de la población de Catavi.

En menos de que terminara de ulular la sirena, quedó transformada en minera; cambió la blusa por una camisa de tocuyo, la pollera por un mameluco, los zapatos por unas botas de goma y la manta por una envejecida chamarra de cuero. Al final, antes de colocarse el guardatojo en reemplazo del sombrero, se protegió las trenzas con una pañoleta a colores, convencida de que una cosa era vestirse de hombre y otra muy distinta perder la coquetería.

Se colgó al hombro la bolsa de Calcuta, donde puso la coca, lejía y cigarrillos, junto a la merienda y la botella de té. Estando lista para marcharse, se despidió de su madre y, tras cerrar la puerta a sus espaldas, ganó la calle oscura, vacía y fría. Se calentó las manos con el vaho de la respiración y se encaminó rumbo a la bocamina, donde tenía previsto encontrarse con el cabecilla de su cuadrilla, quien la guiaría hasta su nuevo puesto de trabajo.

La joven palliri, luego de atravesar por las empedradas calles del pueblo, llegó al lugar de la cita y se quedó esperando un rato al cabecilla de su cuadrilla, contemplaba los sinuosos caminos que se perdían detrás de los desmontes, donde todos los días, como ecos a lo lejos, se escuchaban los golpes de martillo de las palliris que, sentadas en medio de un panorama yermo y melancólico, parecían siluetas recortadas bajo el sol, con sus polleras, mantas y sombreros desteñidos por el polvo del mineral.



III

En el momento del encuentro, la joven palliri y el cabecilla se saludaron respetuosamente y se dieron la mano, sin dejar de intercambiar miradas, sonrisas y palabras.

- Una sola recomendación, compañerita -dijo el cabecilla, a tiempo de que se internaban en el socavón-. Aquí no se debe entrar con penas ni se debe llorar, porque pueden desaparecer las vetas.

- ¿Es verdad?

- ¡Sí, pues! -reafirmó el cabecilla, ajustándose el guardatojo-. La veta es celosa, como celosa es la Pachamama cuando una mujer le coquetea al Tío.

La joven palliri se quedó callada, pensativa, pero siguió avanzando por las oscuras galerías, chapoteando en las aguas con copajira: ¡Chap, chap! ¡Chop, chop!

- Estas aguas son lo peor que hay en la mina, pero ni qué hacer, así nomás son las condiciones de trabajo si se quiere ganar el doble de lo que se gana afuera, ¿no es cierto?

Ella no contestó. Siguió desplazándose por el sendero iluminado por su lámpara, aunque no dejaba de pensar en las recomendaciones del cabecilla.

Al cabo de una larga caminata, ingresaron en el paraje de la galería, donde debía trabajar, de igual a igual, con los otros seis obreros de la cuadrilla.

- Por fin llegamos -dijo el cabecilla, se sentó sobre una roca, intentó recuperar el aliento y añadió-: El Tío está en el paraje de al lado, a unos pocos metros de aquí.

Los demás obreros se reunieron con los recién llegados. La joven palliri permaneció de pie y los saludó uno a uno. Cuando todos estuvieron presentes, les miró la cara entre la luz de las lámparas enganchadas en los guardatojos y, por encima de sus hombros, vislumbró cómo las venas de estaño brillaban como segmentos de azabache en el tope del rajo.

El cabecilla, aparte de explicarles la situación de la joven palliri, determinó que sería la ayudante del maestro perforista, hasta que aprendiera las rutinas cotidianas y se le asignara otra labor en la cuadrilla.



IV

La joven palliri, bajo la tutela del perforista, empezó su faena con gran entusiasmo. Sus compañeros estaban impresionados por su capacidad de trabajo, su disciplina y su fortaleza física; era capaz de atender varias cosas a la vez y cumplir al dedillo con todos los mandados, sin protestar ni perder la paciencia.

Durante los descansos, ella se quedaba sola en el rajo, mientras sus compañeros se retiraban al paraje de al lado, para pijchar en compañía del Tío, a quien le contaron que había una mujer trabajando en la mina. El Tío no necesitaba de esta información, ya que la vio, a través de las rocas y las ropas, desde el primer día en que puso sus pies en los territorios de su dominio.

La joven palliri, que en un principio era agnóstica y no creía en las supersticiones, cedió un trecho en sus convicciones; razón por la que nunca entró en el paraje del Tío, a quien, según las recomendaciones del cabecilla y las advertencias de su madre, no había que mirarle por temor a despertar los celos de la Chinasupay y la Pachamama.

Sin embargo, cada vez que se quedaba a pijchar sola, presentía que el Tío la vigilaba de cerca. No en vano escuchaba el resoplido de su respiración y sentía el olor a azufre que desprendía su cuerpo. Y, a pesar de que no escuchaba sus pasos, arrastrándose por el pedregoso suelo del paraje, ni veía sus ojos como chispa moviéndose en la oscuridad, estaba convencida de que él estaba ahí, deslizándose entre las rocas y acechándola todo el tiempo.

La joven palliri no se equivocó en sus presentimientos. El Tío estaba al pendiente de ella.

Por eso la vez que terminó de pijchar y luego fue a desaguar en un recodo de la galería, apenas iluminada por la luz de su lámpara y saboreando el jugo de la coca, se enfrentó a una realidad parecida a una pesadilla, pues ni bien se bajó el mameluco y se puso de cuclillas, el Tío apareció detrás de ella, con su enorme falo al descubierto y su encandilada mirada de diablo.

Ella giró la cabeza de golpe y, al distinguir la monstruosa imagen del dueño de los minerales, se levantó en un santiamén, lista para ajustarse el mameluco, pero el Tío se lo impidió sujetándola de las manos. Entonces la joven palliri fingió una sonrisa nerviosa, enseñó sus dientes teñidos por el verdor de la coca y preguntó con voz temblorosa:

- ¿Qué quieres? ¿Por qué me persigues?

El Tío no contestó. Se limitó a besarle los senos, mientras le acariciaba las redondas nalgas que, en la oscuridad de la galería, parecían dos esferas con luz propia. Ella se quedó muda y quieta como una tabla; en cambio el Tío, encandilándola con el fuego de sus ojos, la tomó entre sus brazos como a una estrella caída del firmamento. Le sacó el guardatojo y vio cómo las trenzas se le precipitaron hasta más debajo de su talle.

Cuando la tenía completamente desnuda, la revolcó entre espasmos de dolor, escupiéndole palabras obscenas y echándole babas como un perro excitado. La joven palliri, con los hermosos ojos inundados en llanto y retorciéndose bajo el enorme peso del Tío, intentó gritar para pedir auxilio, pero el dolor que le causaba era tan grande, que el grito se le ahogó en la garganta.

El Tío, satisfecho por haberla poseído, la levantó en sus robustos brazos y, a poco de alejarse del lugar donde no dejó rastros de su desaforado amor, despareció a zancadas en el laberinto de las galerías.



V

Los mineros de su cuadrilla, al advertir su ausencia, la buscaron por todas partes y por varios días, pero no la hallaron ni viva ni muerta. De modo que la joven palliri, que ingresó a la mina para ganar un mejor salario y mejorar su condición de vida, desapareció como si la Pachamama la hubiese enterrado en sus entrañas.

Su madre murió poco tiempo después del trágico incidente, más por la pena que por su vejez, y sus compañeros de cuadrilla abandonaron el rajo, creyendo que las vetas de ese paraje estaban maldecidas por el Tío.

Los pobladores, que eran los primeros en enterarse de las desgracias acaecidas en el interior de la mina, no quedaron indiferentes ante la extraña desaparición de la joven palliri, cuya historia personal motivó una serie de confabulaciones que corrían de boca en boca, hasta que un día de sol radiante, que amaneció antes de lo habitual, los mineros la vieron parada en la bocamina principal, vestida con guardatojo, mameluco, botas, chamara y una bolsa de Calcuta colgada sobre la espalda, exactamente igual como la primera vez que se internó en los dominios del Tío.

Desde entonces, se aparecía siempre en el mismo lugar, a un costado de los rieles por donde transitaban los carros metaleros y debajo de la capilla donde estaba la estatuilla de la Virgen de la Asunción, patrona de los mineros de Llallagua.

La joven palliri, de sonrisa encantadora y donaire de coqueta, no abría la boca ni hablaba con nadie, pero miraba fijamente, por debajo del alero de su guardatojo, a los mineros que ingresaban solos a trabajar en las diferentes galerías, donde incluso sentían su presencia a sus espaldas, respirándoles en la nuca, susurrándoles palabras obscenas al oído y poniéndoles zancadillas como si quisiera jugar con ellos.

Por suerte, casi todos sabían que no debían volverse ni detenerse. Seguir el camino, con la mirada puesta hacia adelante, era la mejor opción para no caer en las trampas de la joven palliri, quien causaba la muerte a los incautos que, seducidos por sus insinuaciones amorosas, terminaban desnudos y ensangrentados en algún paraje abandonado de la mina.

Así fue como la joven palliri, que por mucho tiempo se apareció parada en la bocamina, se convirtió en el terror de los mineros. Aunque algunos de ellos se acostumbraron a su presencia de tanto verla a sol y sombra, hasta la fecha en que se cerró la mina y desapareció para siempre la joven palliri, de quien se cree que todavía está atrapada en las profundidades de la montaña, donde el Tío, amén a su potestad y sus caprichos, la tiene esclavizada en las tenebrosas galerías de su reino.


Las mujeres trabajan en las mineras por mejorar su condición de vida

Las palliris no cuentan con seguridad laboral ni social

Palliri (1971). Grabado de pintor orureño Eduardo Ibáñez

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