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Domingo, 14 de febrero de 2016, Cultural El Duende
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Atisbos de la afición por las letras

•  El periodista, poeta, dramaturgo y experto en comunicación para el desarrollo, Dr. Luis Ramiro Beltrán Salmón, nació en Oruro el 11 de febrero de 1930 y falleció a los 85 años en La Paz, el 11 de julio de 2015. El texto forma parte de su autobiografía "Mis primeros 25 años"


Luis Ramiro Beltrán Salmón
Tendría yo ocho años cuando mi madre, doña Becha, me hizo un regalo que aprecié probablemente más que ningún otro: una prensita rotativa con tipos móviles de goma. Me fascinó hacer con ella hojitas de "noticias" para la casa, primero, y para mi escuela después.

Al año siguiente tuvimos mi hermano y yo otro maravilloso juguete: un amigo de la familia nos dotó de una cajita con micrófono que, conectada por alambres a receptores de radio en otras partes de la casa, resultó nuestra "radioemisora". Con un primo muy querido, el paceño Mario Ascarrunz, y con otros amigos, inventábamos noticias, imitábamos avisos y hasta intentábamos programas pero, sobre todo, cantábamos incansablemente melodías populares bolivianas, algo inusual para aquella época en que la música nacional era menospreciada por la clase urbana privilegiada.

Pienso ahora que formas de juego como esas acaso marcaron ya mi afición por la comunicación allá por 1939, cuando iba yo de los nueve hacia los diez años de edad. Y quizás otro detalle denotaba gérmenes de la misma vocación: en la escuela me encomendaban frecuentemente discursos de circunstancias: celebración de efemérides cívicas, cumplidos a maestros por sus cumpleaños, palabras por el Día de la Madre y hasta alguna oración fúnebre en el sepelio de un condiscípulo, como esta dedicada a uno llamado Roberto: "…recordamos todos aquí reunidos con gran pena tu juego favorito: la Escuadrilla de aviones, y cómo al divertirte te sentías comandante del aire y jugando ya soñabas con volar, volar muy alto, y en ese anhelo has volado hasta la Mansión

Celeste y seguramente ahora desde los pies de nuestro Señor nos miras sonriendo..." Por otra parte, había escrito, e ilustrado, a esa edad un cuentecillo de pocas líneas, con el título "El Soldadito de Corazón Grande", que mi madre atesoraba.

Se diría, pues, que ya entonces me gustaba escribir y que, pese a mi timidez, me atrevía a hablar en público. ¿Herencia de mis progenitores?



¿Qué vas a ser cuando seas grande?

Contaba mi madre que, estando yo muy pequeño, respondía a esta pregunta indicando que quería ser "nuncio apostólico y mozo de hotel". Sin duda, me habrá faltado santidad para lo primero y habilidad para lo segundo.

Ya un poquito más grande, lo que quise ser fue muy claramente reportero y patrullero.

Expresiones palmarias y emblemáticas de esto eran el que a veces usaba en mi escritorito de la casa la visera, los sobrepuños de tela y el chaleco que caracterizaban, según el cine, a los periodistas norteamericanos, y el que a menudo saliera a "patrullar" mi barrio en bicicleta con gorra, silbato y revólver semejantes a los que lucía en las revistas de historietas el invencible Sargento "Rex, de la Real Policía Montada de Canadá".

Muy pronto llegaría a cumplir a la vez ambas aspiraciones. Y sospecho que tal vez lamenté no haber llegado a ser también bombero, pues sentía admiración por los miembros del Cuerpo de Bomberos Yugoeslavos con sus ojos azules bajo cascos negros, con sus sacones y hachas en sus carros rojos. Solo que… en una ciudad situada a 3.700 metros sobre el nivel del mar, no había mucho oxígeno y así -¡oh pesar de los heroicos voluntarios!- había muy pocos incendios que apagar…



Mi primer cuento de hadas: Vigil

Recordaba mi madre que yo era un lector obsesivo y voraz. Supongo que leía siempre los diarios locales y me acuerdo claramente que esperaba con ansiedad cada semana dos revistas argentinas infantiles. Una era "El Tony", de historietas y chistes. La otra, "Bílliken", traía también un poco de eso pero mucho de artículos de cultura general y materiales de apoyo a los estudios escolares, tales como mapas y láminas. La publicaba en Buenos Aires la Editorial Atlántida.

Pero las lecturas que más me fascinaban eran las de libros de aventuras, como los de Salgari y DaAmici. Esto sin desinteresarme de Tarzán ni de Robin Hood. También las de libros de historia nacional y de reflexión espiritual como los que escribía mi querido y admirado tío­abuelo, don Marcos Beltrán Ávila, quien me los obsequiaba y me ayudaba a comprenderlos.

Recuerdo de él en particular "La Fundación de Oruro" y "La Tormenta en el Jardín de Epicuro".

Cuando cursaba el tercer grado de la primaria, llegaron a Oruro muchos libros para niños escritos por un pensador uruguayo, Constancio Vigil, que era dueño en

Buenos Aires de aquella editorial que editaba la revista para niños "Billiken", favorita mía. Yo había leído algunos artículos de don Constancio que me habían gustado mucho y ahora gozaba al tener en mis manos varios de sus numerosos libros: unos de reflexión espiritual, como "El Erial" y otros, los más, de cuentos. Estos eran sencillos, pero encantadores, y muy distintos a los típicos relatos infantiles de tradición europea. "El Mono Relojero", "Marta y Jorge" y "La Hormiguita Viajera", por mencionar solo algunos, nada tenían que ver con príncipes, brujas, dragones, guerreros, ni villanos. El primero de dichos libros, por ejemplo, tenía por protagonista a un mono que se llevaba bien con los humanos y que trabajó sucesivamente para tres patrones: un relojero, un cazador y un organillero que lo tenían atado para que no se escapara. Era avispado y juguetón e inclusive algo pícaro y aficionado al dinero.

Cuando lograba zafarse del control patronal, hacía travesuras y buscaba aventuras.

Pero un día dejó todo eso para volver a vivir de árbol en árbol en su selva nativa.

Pronto me volví, pues, un devoto admirador de Vigil, pero nunca soñé siquiera llegar a conocerlo. Sin embargo, mi madre me hizo en el propio 1940, a mis diez años de edad, el maravilloso regalo de llevarme consigo a Buenos Aires y conseguir nada menos que yo conociera en persona a don Constancio. Lo visitamos en su estudio de la editorial en un día de abril que jamás he olvidado. Me pareció increíble que yo pudiera estar a su lado y conversar con él en su despacho y mientras nos hacía, sencillo y afectuoso, un recorrido por la fabulosa imprenta. Vi en ella salir, fresquita, de la prensa mi revista preferida.

Mi madre felicitó a don Constancio por los sabios pensamientos que expresara en su famosa obra "El Erial". Y luego le mencionó brevemente su determinación de cumplir en aquel mismo año de 1940 la promesa que había hecho en 1933 a mi padre de que si moría en la Guerra del Chaco ella rescataría sus restos para situarlos en Oruro junto a los de la madre de él. Emocionado, don Constancio la congratuló y le deseó pleno éxito en el cumplimiento de su propósito. Y le contó que estaba participando de esfuerzos propiciadores del logro de la paz entre Bolivia y Paraguay.

Doña "Becha" pudo llevarme a disfrutar de semejante privilegio porque tenía que ir a Buenos Aires a comprar mercadería para una pequeña tienda de ropa de damas y niños que había puesto en sociedad con alguien a fin de mejorar sus ingresos.

Ella y yo iríamos a resultar muy gratamente sorprendidos cuando dos meses después de haber vuelto de Argentina tendría yo la fortuna de recibir de don Constancio, impreso en una esquelita a colores y en unos 300 ejemplares, un hermoso Mensaje a los Niños Bolivianos que transcribo aquí:

Luis Beltrán ha venido a visitarme y me ha traído el cariñoso saludo de ustedes. En mi corazón lo he recibido y en mi corazón lo guardo.

Es para mí una alegría inmensa saber que llegan a ustedes mis palabras. Yo anhelo serles útil para afrontar la vida, para ayudarlos a comprender a Dios y para encaminarlos hacia la felicidad.

En cuanto escribo pongo mi confianza en ustedes los niños, los encargados de cumplir mañana los ideales que amo.

Al estudiar y al ser buenos sirven y engrandecen a la noble patria boliviana, y se incorporan a la causa de América, que significa la verdad, la justicia y el amor. Ustedes son mi alegría y mi esperanza.

Con todo mi cariño estrecho a cada uno en un abrazo y me junto con ustedes para marchar hacia el glorioso futuro. (Constancio C. Vigil)

Este mensaje me emocionó mucho y me hizo sentir aún más complacido y orgulloso de haber hecho amistad con este sabio y bondadoso pensador. Lo repartí entre chicos y chicas de mi colegio y de otros en que también tenía amigos.


Constancio C. Vigil

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