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Viernes, 19 de septiembre de 2014, Bolivia - Nacional
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Apología de una convicción

•  Por: Henry Ríos Alborta

En artículo anterior habíamos visto cómo la deuda externa pública de mediano y largo plazo incrementóse ostensiblemente en Bolivia, mas, cometimos un ligero descuido, propio de los escritos de corte periodístico, en dicha deuda contraída por el Estado boliviano con el ámbito privado. En esta ocasión cúmplenos clarificar esa ambigüedad y ratificar que ésta deuda ascendió de 0.2 en 2005 a 1.000 en 2013 (siempre en millones de dólares) o sea de 0,2 en aquel año a mil millones de dólares en éste. "Actualizado al: 03ABR 2014" (http://deudaexternapublica.bcb.gob.bo/uploads/EVOL_SALDO.pdf).

Hecha la aclaración responsable, pasemos.

El proceso histórico para introducir en Bolivia cambios sustantivos en la realidad nacional fue obra de jornadas, esfuerzos y aventuras de gran vuelo. A pesar de lo discutible que podían presentarse en aquél tiempo las graves reformas emplazadas en el país desde la posguerra del Chaco, por cuanto corríase con el riesgo de desmedrar la institucionalidad pública de Bolivia, lo cierto es que las reformas, desde Toro, Busch y Villarroel, matizadas por declaratoria de caducidad a las concesiones de una petrolera extranjera, abolición del "pongueaje", "nacionalización" de las minas, reforma agraria, voto universal o sean, medidas que, luego del carácter ya consagrado de los derechos ciudadanos en Bolivia, con ciertas restricciones, daban un tinte radical a esas reformas, consagradas todas en 1953 y desde cuando toda otra pretensión de inclusión de sectores "históricamente" excluidos en el país, constituye una falacia.

Ya la Constitución de 1938 establecía, de manera exagerada e innecesaria: "Artículo 165.- El Estado reconoce y garantiza la existencia legal de las comunidades indígenas", disposición ratificada en la Carta de 1945, en el gobierno de Gualberto Villarroel.

Así llegamos a dicho año de 1945, cuando el MNR, que había logrado al fin formar parte del Ejecutivo después de arduas jornadas de concientización, discursos, revueltas y violencias. Llegaba con los militares, encabezados por Villarroel y porfiaba en llevar a cabo las reformas revolucionarias que desvelaban a su Jefe y a sus compañeros. La Rosca minero-feudal estaba al fin por ser tumbada, vilipendiada y escarnecida. Mas el régimen cayó en los excesos del poder, y dispuso de la vida de algunos ciudadanos mediante el método sumario de los fusilamientos. La reacción tardó cerca a dos años en estallar, en 1946. Los movimientistas ingresaron en una especie de pánico al ver en zozobra la obra por la que habían luchado sin cuartel, es que eran, en verdad, jornadas de sacrificio. Bolivia seguiría siendo país "monoproductor", la rosca volvería a mandar, la liberación económica del país podía quedar en nada y el pueblo no sería redimido.

Tales eran las preocupaciones de los miembros del Movimiento. Una convicción profunda percibíase en su actitud. Llegó el día aciago. 21 de julio de 1946. Estalla la rebelión, la traición y el heroísmo. El Ejército se divide entre leales al presidente, insurrectos y los que sencillamente no salieron de sus cuarteles. La confusión imperaba en Bolivia. Las reuniones, copiosas. El ir y venir de uniformados era constante, entre Palacio y reparticiones militares. La tensión mostraba sus diversas facetas en dramáticas escenas acaecidas sobre las tablas de la casa de gobierno.

Entonces aparece el c. Fellmann Velarde, joven secretario de prensa e informaciones del régimen, consagrado íntegramente al servicio de un ideal, de una causa: la del pueblo, al igual que Carlos Shtadling Viscarra, el que murió por una bala carabinera cerca al Sajama.

Fellmann ingresa a Palacio, estrecha la mano de Villarroel en mutismo total. Pensaba que tal vez ya estaba muerto. Todos en el edificio eran presa del caos, menos el presidente, quien se paseaba sereno por los pasillos, nos dice. Había ordenado al Ejército no disparar contra el pueblo. Era su suicidio. La poblada se acercaba a la tétrica edificación; algunos huían, otros quedáronse hasta el final, dos, acaso tres, la lealtad hecha carne, diría Fellmann. La puerta suena y está a punto de caer. El capitán Ballivián emplaza una ametralladora para defender la casa. Villarroel se lo impide. Quería morir.

El c. Fellmann cruza la plaza Murillo en medio del fragor de la pelea. Tenía que estar en su oficina, cómo no, en el edificio que a la vez era sede de la Radio Illimani, emisora estatal. Resuelve defender lo indefendible. Tal era su convicción. Sube al techo, donde tenía emplazada una ametralladora, observa a los soldados con la visera hacia atrás, como los desertores. Entonces presiona el gatillo una, dos, tres veces. Tira a matar. "¡Los traidores no merecen vivir!".

Para qué insistir, hasta el presiente había desistido de toda resistencia. Mas el c. Fellmann, no. Defendió hasta el final ese bello edificio, organizó a un grupúsculo de carabineros apostados con él en su interior, colocáronse rodilla en tierra. Cayó uno de éstos, como un muñeco, acaso otro. Los atacantes tenían puntería. ¿Qué es el valor? Nada. Se es valiente mientras no se piensa. La defensa era épica. Luego, pensó. Entonces tuvo miedo. Entonces huyó.

Saltó a una calamina de enfrente por sobre una altura peligrosa. Cayó de bruces y sintió que volvió a nacer. Luego, otro techo, acaso otro más y otro. Estaban a salvo. Miró por una rendija hacia la plaza y pudo ver al inmolado.

Antes le habían llamado por teléfono.

-Fellmann Velarde.

-Sí.

Y le avisaron la suerte del mayor Toledo al que la turba cogió en San Pedro, lo ató a un camión que lo arrastró por la plaza. La calle era empedrada. Una mano generosa lo ultimó. Él calló, tenía que callar.

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