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Domingo, 16 de julio de 2017, Cultural El Duende
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La fragilidad de las vanguardias artísticas: el caso del surrealismo

•  H. C. F. Mansilla


También en Bolivia se discute actualmente acerca de los complejos vínculos entre la modernidad, los gustos artísticos y la falta de genuinas normativas morales en los estratos juveniles. La incipiente desilusión con los productos de la civilización tecnológica podría conducir a una revisión de las modas intelectuales predominantes y, por consiguiente, a la necesidad de rescatar los valores éticos y estéticos de tiempos anteriores. Estos valores, se supone ahora, deben contribuir a promover una autonomía crítica y un sentimiento de auténtica responsabilidad de los ciudadanos, por una parte, y a una modificación de los parámetros estéticos colectivos, por otra. Este breve ensayo es un intento de esclarecimiento del contexto cultural-histórico donde surgió una de las vanguardias artísticas más importantes de los últimos cien años, que también se difundió poderosamente en América Latina. Su relevancia no es sólo estética, sino también política.

Mi modesta experiencia de vida me dice que cada nueva generación se hace las mismas preguntas, que no pueden ser contestadas mediante un concepto restringido de razón instrumentalista o por medio del impulso que niega los grandes dilemas de la actualidad como si estos últimos fuesen sólo ocurrencias metafísicas. Estas cuestiones de naturaleza humanista giran, por ejemplo, en torno al sentido de la vida, la configuración de una existencia bien lograda, el contenido de conceptos como libertad, autoridad y obligación, la voluntad histórica de una comunidad, los vínculos entre individuo e institución, la compleja relación entre poder, eficiencia y orden y, por supuesto, la configuración cambiante de gustos artísticos y códigos morales. Estos problemas -como el precio ecológico que hay que pagar por el progreso material- pertenecen al género de las grandes cuestiones recurrentes a lo largo de la evolución humana, como la plausibilidad del vínculo entre fe y razón o el sentido último de nuestra existencia, cuestiones que admiten variadas interpretaciones, todas ellas, en el fondo, insatisfactorias. Curiosamente las vanguardias artísticas han estado impulsadas y hasta conmocionadas por discusiones sobre los temas recién mencionados. De ahí se deriva la significación histórica y hasta ética de las vanguardias artísticas.

En la primera mitad del siglo XX surgió en Europa Occidental el movimiento surrealista, que se extendió rápidamente a gran parte del mundo. Su elemento central es el énfasis en el desvelamiento de los deseos y las pulsiones profundas y en la acción por la acción misma: una religiosidad aparentemente nueva y progresista, que empuja a superar la indolencia y la pasividad burguesas. Este impulso, a primera vista tan juvenil y simpático, no estaba vinculado a un programa político claro. Al mismo tiempo el surrealismo exhibió un rechazo -muy habitual en aquellos años- con respecto al Estado de derecho, a las instituciones sólidas, a los procedimientos liberal-democráticos y a toda forma de negociación entre actores socio-políticos. El parlamentarismo, los pactos entre partidos y las prácticas de la democracia liberal fueron percibidas como algo particularmente detestable, como una traición a los principios éticos más elevados. Menciono el desprecio por la democracia pactada porque se trata de un elemento recurrente en la mentalidad colectiva boliviana.

De manera similar a los postmodernistas contemporáneos, los surrealistas brillaron en la descripción de aquello que rechazaban vehementemente, pero no pudieron, por otro lado, esbozar de modo comprensible metas y paradigmas plausibles para el propio presente. Bajo la influencia de Friedrich Nietzsche celebraron ante todo el valor eximio de la voluntad, la cual no debería estar limitada ni canalizada por instituciones y procesos que sólo lograrían desvirtuarla. El postulado de la acción por la acción misma se olvida, sin embargo, de que el ejercicio del poder -como manifestación profunda de la voluntad- tiene que estar vinculado a una meta razonable y claramente discernible, pues en caso contrario se transforma en algo sin contenido que abre la puerta al irracionalismo en sus muchas variantes. Como se trata de un instinto oscuro y ciego, impredecible e intempestivo, y no una tendencia mitigada por la ética y auxiliada por la razón, este impulso vital puede estar asociado positivamente a cualquier ocurrencia y, sobre todo, a cualquier arbitrariedad y crimen. La terrible historia del siglo XX nos ha enseñado las terribles consecuencias del decisionismo político.

El surrealismo ha sido calificado por Hans Magnus Enzensberger como la vanguardia por excelencia. Pese a su ideología abiertamente iconoclasta, el surrealismo creó desde el comienzo una curiosa pero severa ortodoxia, verbalmente radical, pero con los elementos convencionales propios de todo movimiento dogmático, como una cuidadosa compilación de antecedentes y precursores de la propia tradición, la preservación de la pureza de las creencias y las convicciones, la expulsión de los cismáticos y la condenación de los adversarios. En su primera etapa el surrealismo se inclinaba -verbalmente- a prácticas irracionales y violentas, a un activismo ciego, enemigo de discernimientos y discriminaciones ociosas, que lo pusieron cerca de corrientes que hoy podemos calificar como autoritarias. El postulado del "movimiento puro" y de la "acción por la acción" ha mostrado encarnar, a lo largo del siglo XX, una clara afinidad con tendencias totalitarias. Frente a estos peligros del campo político, los surrealistas mostraron un claro autismo infantil, tan similar a la mayoría de nuestros artistas contemporáneos.

André Breton (1896-1966), el inspirador y máximo teórico del surrealismo, se preocupó durante décadas en establecer y defender el dogma del movimiento, que abrazaba elementos que a primera vista son muy dispares entre sí. Cualidades celebradas como fundamentales para el surrealismo, como el "no-conformismo absoluto" y la "falta total de respeto", se hallaban entremezcladas con las opiniones propias muy poco flexibles sobre los más diversos asuntos, opiniones que nunca fueron puestas en cuestionamiento y que fueron defendidas a ultranza. Breton creyó que el surrealismo emergía productivamente de una "crisis de la consciencia" moral e intelectual de gran envergadura, pero el resultado práctico a largo plazo fue la instauración de una vanguardia convencional, que se comportaba con ímpetus revolucionarios frente a otros pensadores y a otras corrientes artísticas e intelectuales, pero que simultáneamente exhibía una franca ingenuidad con respecto a las propias actuaciones políticas y una notable intolerancia ante los que pensaban de otra manera.

Las vanguardias artísticas e intelectuales cultivan, como asevera Enzensberger irónicamente, el "encanto de lo definitivo" y la satisfacción de aquellos que creen haber descubierto todos los trasfondos perversos de la historia y la política. Este fue también el caso de los surrealistas. Pero, como muchos postmodernistas en tiempos actuales, Breton estaba desgarrado "entre un racionalismo orgulloso y la creencia en oscuras revelaciones", como escribió Octavio Paz. No hay duda, por otro lado, de la eximia calidad de una buena parte de la poesía y de la prosa de Breton. Su definición de surrealismo, por ejemplo, es un ejemplo de concisión, elegancia y precisión. La prosa bretoniana es una combinación de intuiciones brillantes, expresadas en un estilo claro y elegante, y largos pasajes exentos de valor literario o intelectual, que tienden a menudo a reiteraciones sin sentido. Asimismo hay que señalar que era también patente su oposición a todo lo que atente contra la libertad y la dignidad de la vida. Como dice Octavio Paz, Breton desarrolló una consciencia crítica que siempre fue "lo contrario de la razón de Estado".

Uno de los méritos de Breton es haber anticipado una crítica de lo que ahora se denomina habitualmente la razón instrumental. Para ello han sido de gran relevancia (1) la crítica de Breton a la actitud tercamente realista que cultiva la mayoría la mayoría de los seres humanos y de los intelectuales y (2), al mismo tiempo, la exaltación continua de la imaginación que constituye el núcleo del surrealismo. Inspirado parcialmente por el psicoanálisis freudiano y por versiones radicales del budismo, Breton postuló tempranamente la superación de la filosofía tradicional del sujeto y la consciencia. Según Breton el ser humano habría caído bajo la lógica unilateral de la razón, habría sofocado la voz de la naturaleza en sí mismo y reprimido el potencial de la imaginación y la fantasía. El ego aparece entonces como una multiplicidad de pasiones y sensaciones, sobre las cuales la consciencia racional no tendría ningún control. Una identidad personal sólida aparece como una quimera algo ingenua. La razón se transforma en un mecanismo autoritario -una función de censura- que nos impide el acceso a una realidad más compleja y más rica que el racionalismo no puede comprender. Nociones centrales del postmodernismo fueron así anticipadas por el surrealismo: el conocimiento de la realidad exterior se disuelve en un ejercicio de mística, todos los procedimientos teóricos son igualmente válidos, no hay una diferencia discernible ente verdad y mentira.

El surrealismo y también otras vanguardias han contribuido a formar una jerga de pretensiones universalistas, que, sin embargo, explica poco y evoca mucho. Este lenguaje artificioso, propagado por los surrealistas, que se puede aplicar a todos los fenómenos humanos, es en el fondo inofensivo: se trata de una reiteración del antiguo propósito, repetido a lo largo de los siglos desde los sofistas, de espantar a los bienpensantes de los estratos medios y de generar un culto excesivo, pero divertido, de las paradojas. Con respecto a los procedimientos surrealistas para llamar la atención y sacudir la comodidad espiritual de los buenos burgueses, Theodor W. Adorno afirmó que los escándalos y otras actuaciones semejantes provocadas por esta corriente adoptaron desde un comienzo un carácter inofensivo y candoroso. En el plano del lenguaje, según Enzensberger, las vanguardias resultan ser de "una inocuidad deprimente". De acuerdo a este autor, toda vanguardia es hoy una repetición. En el ámbito contemporáneo del lenguaje de moda se puede constatar una tendencia relativamente vigorosa -a la cual han contribuido no pocos intelectuales-, que se parece al newspeak orwelliano: como dice el crítico boliviano Julio Cole Bowles, se ha inventado un lenguaje que, en el fondo, impide "cualquier forma de pensamiento independiente". En cuestión de contenidos este idioma se reduce al mínimo indispensable, y ese mínimo, congruente con las modas sociales y ortodoxias políticas del momento, resulta ser teóricamente inocuo e ingenuo. El surrealismo y otras vanguardias han practicado la identificación de la oscuridad con la profundidad, de la confusión con la inspiración, de la ocurrencia pasajera con el conocimiento serio. Sus manifestaciones artísticas siempre han buscado el brillo de la publicidad, el favor de la opinión pública. Sin una buena dosis de exhibicionismo rutinario las vanguardias se hundirían en el olvido. Los surrealistas -al igual que los postmodernistas en épocas posteriores- han propagado la disolución del yo, la caducidad de la filosofía del sujeto y el colapso del racionalismo occidental, pero al mismo tiempo estaban firmemente convencidos del carácter superior y excepcional de su propio ego, el cual necesita siempre la aclamación entusiasta de las masas. En fin: nada nuevo en el firmamento de las pretensiones humanas.



* Hugo Celso Felipe Mansilla F.

Doctor en Filosofía.

Académico de la Lengua.

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