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Domingo, 20 de diciembre de 2015, Cultural El Duende
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Las ambivalencias de los legados culturales y sus repercusiones sobre la esfera socio-política

•  H. C. F. Mansilla


No hay duda de los notables logros de los imperios azteca e incaico y de la cultura maya en muchos campos de la actividad humana, logros que se extienden desde la arquitectura, las artes plásticas y la infraestructura hasta prácticas de solidaridad inmediata y un sentimiento estable de seguridad, certidumbre e identidad, lo cual no es poco, ciertamente. Paralelamente podemos detectar fenómenos menos promisorios en la esfera de la estructuración política y social. La dignidad superior atribuida a lo supra-individual fomentó valores de orientación y modelos organizativos de índole colectivista. Las pautas ejemplares de comportamiento eran la predisposición al sacrificio y la abnegación, la confianza en las autoridades y el sometimiento de los individuos bajo los requerimientos del Estado. Todo esto condujo a una mentalidad básica que percibía en la tuición gubernamental algo natural y que consideraba todo cambio social como algo negativo e incómodo. Esto suena, por lo menos parcialmente, como algo muy presente y expandido bajo los regímenes populistas del área andina, pese a que estos, verbalmente, celebran el cambio radical como piedra angular de sus programas y de su praxis efectiva.

Los problemas contemporáneos de América Latina no pueden ser totalmente disociados del legado cultural precolombino y del relativo estancamiento histórico que sufrieron España y Portugal a partir del siglo XVI. España y Portugal y sus ámbitos coloniales no estimularon el nacimiento del mundo moderno, basado en el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Cuando las naciones ibéricas y las latinoamericanas ingresaron al arduo camino de la modernización en la segunda mitad del siglo XIX, lo hicieron copiando indiscriminadamente los modelos ya existentes, ofreciendo muy poca resistencia a sus aspectos inhumanos. A comienzos del siglo XXI los procesos de modernización en estas tierras coinciden con la búsqueda de una identidad propia y el renacimiento de tendencias autoctonistas, es decir, con factores que impulsan una severa crítica de las sociedades altamente industrializadas del Norte, a las cuales se les atribuye ahora los principales males sufridos por todas las naciones subdesarrolladas. La paradoja reside en el hecho de que precisamente estas mismas tendencias de pensamiento y acción anti-imperialistas se hacen dictar las metas normativas y las rutas habituales del desarrollo por aquella civilización metropolitana que es el blanco de sus innumerables diatribas.

Algunos problemas del presente (basta referirse a las rutinas cotidianas del Poder Judicial, de la administración pública y de la universidad) tienen que ver con las pautas de orientación prevalecientes durante la era colonial. Por otra parte, el colectivismo y el autoritarismo practicados en las comunidades rurales donde hay fuerte presencia indígena provienen de la época precolombina. Pese a la apasionada defensa actual de los valores de orientación de las culturas aborígenes y de la llamada democracia directa que aparentemente prevalece en ellas, hay que reconocer que estas comunidades rurales preservan formas arcaicas de organización social y praxis política, que no son congruentes con las necesidades y las aspiraciones de sociedades que se desarrollan de modo acelerado y que exhiben ya marcadas muestras de pluralismo cultural e ideológico.

La complejidad y las contradicciones del desarrollo contemporáneo pueden percibirse en lo siguiente. Los tractores que exigen las comunidades campesinas y las modernas obras públicas que solicitan las municipalidades con fuerte presencia indígena nos dan una muestra de algo que se puede constatar en todo el planeta: casi todos los pueblos del Tercer Mundo, y aquellos que pueden ser calificados de aborígenes, anhelan el desarrollo occidental, sobre todo un alto nivel de vida y consumo, una administración estatal similar a la de los países del Norte y una modernización tecnificada de los principales aspectos de la vida económica y social. Lo genuinamente propio y diferenciable de lo moderno-occidental queda restringido a la esfera íntima y familiar, al ocio y tal vez al campo de la religión y la filosofía.

Importantes grupos de intelectuales adscritos a corrientes indianistas y populistas se consagran con encomiable celo a una revigorización de épocas pretéritas de las civilizaciones precolombinas -lo que debido a la falta de fuentes comprobables se asemeja a una especulación esotérica-, intentando sacar a luz la sustancia identificatoria incontaminada de las etnias indígenas, esencia que desde el siglo XVI habría estado amenazada por la civilización ibero-católica y en el presente por la modernidad consumista del Norte. Se trata, en el fondo, de un indianismo fundamentalista, que tiene fuerza en los partidos políticos de inspiración nacionalista-populista y en dilatados grupos urbanos universitarios. Esta posición está destinada al consumo ideológico y propagandístico y tiene poca incidencia sobre la praxis cotidiana de partidos y gobiernos populistas. La ambigüedad fundamental de la misma se manifiesta en que oficialmente se rechaza el capitalismo occidental, pero se lo practica sin reservas en la dura realidad cotidiana. El socialismo comunitario, por ejemplo, no pasa de ser una consigna altisonante, de cierta eficacia en la movilización de las masas ingenuas y en sectores académicos.

También hoy entre cientistas sociales existen tabúes, aun después del colapso del socialismo. Así como antes entre marxistas era una blasfemia impronunciable achacar al proletariado algún rasgo negativo, hoy sigue siendo un hecho difícil de aceptar que sean precisamente los pueblos indígenas y los estratos sociales explotados a lo largo de siglos -y por ello presuntos depositarios de una moral superior y encargados de hacer avanzar la historia- los que encarnan algunas cualidades poco propicias con respecto a la cultura cívica moderna, a la vigencia de los derechos humanos y al despliegue de una actitud básicamente crítica.

No hay duda de que casi todos los sectores indígenas intentan adoptar lenta pero seguramente numerosos rasgos básicos del mundo occidental, sobre todo en los campos de la técnica y la economía. Se trata de un proceso complejo y hasta traumático, pues al admitir aspectos relevantes de un modelo civilizatorio extranjero, se da inexorablemente una renuncia paulatina, pero segura, a legados culturales propios que aun han permanecido vivos en la memoria colectiva. Por ello este designio tiene lugar, al mismo tiempo, con el redescubrimiento interesado y conducido de sus valores ancestrales, el cual trata de mitigar (como históricamente inevitable) esa adopción de normativas foráneas y encubrir las carencias propias de desarrollo (mediante el renacimiento artificial de prácticas culturales vistosas, pero inofensivas).

Lo que finalmente emerge es una amalgama contradictoria que tiene una relevancia decisiva para la configuración de la identidad nacional. En pocas palabras el resultado puede ser descrito como (1) la aceptación de los elementos técnico-económicos de la civilización occidental y de las metas normativas de evolución histórica (modernización, urbanización, industrialización) y (2) la simultánea preservación de valores tradicionales propios en los ámbitos de la política, la vida familiar y las manifestaciones artísticas populares.

Durante el último medio siglo los países latinoamericanos han experimentado notables procesos de modernización, que han generado una especialización de funciones, una diferenciación de los tejidos sociales y una expansión sin precedentes de los estratos medios. El fenómeno más importante y curioso es, empero, la pervivencia de mentalidades premodernas en medio del proceso de modernización acelerada. Actitudes autoritarias, prerracionales, convencional-conservadoras y tradicionalistas persisten paralelamente a la adopción de normativas occidentales modernas en la esfera económica y en la administración pública.

Hoy en día y en tierras latinoamericanas la evolución histórica ha tomado los rasgos de una modernidad de segunda clase, lo que tiene consecuencias de la más variada índole. Por ejemplo: hay enormes ciudades que poseen todos los inconvenientes y pocas de las ventajas de las grandes urbes del Norte. La urbanización apresurada y la apertura de vastos territorios suceden sin una preocupa­ción colectiva por la contaminación ambiental y la destrucción de la naturaleza. La importación masiva de tecnologías ha dejado de lado el espíritu crítico-investigativo que hizo posible la ciencia y, por consiguiente, el florecimiento técnico-industrial contemporáneo. En una palabra: la aceptación entusiasmada de la técnica va de la mano del menosprecio de las actividades científicas propiamente dichas. Nada de esto es sorprendente, pues pertenece al acervo de la historia universal.



Hugo Celso Felipe Mansilla. Doctor en filosofía.

Académico de la lengua

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